Don Juan
Mientras estudié la carrera y preparé las oposiciones, el Don Juan de Zorrilla me parecía la
versión más ñoña, insulsa y llena de moralina de todas las que llegué
a conocer de este personaje que, como arquetipo, siempre me resultó uno de los
más interesantes y sugerentes del imaginario colectivo.
Sin embargo, hace unos cinco años, preparando alguna
actividad para mis alumnos de 4º de ESO, llegué a reconciliarme con la obra al
releerla desde una perspectiva que respondía a mis expectativas del momento: la
educación.
Don Juan, como todos los seres humanos, construye su
personalidad (o, lo que es lo mismo, se construye como personaje) siempre en
relación a los estímulos que le envía su entorno. En un principio, en
OPOSICIÓN a ese entorno: poniendo en
cuestión los valores más “sagrados”, retando y respondiendo a los retos que se
le envían (¿o a lo que él entiende como
reto?). Una rebeldía, o un individualismo, o un lo que se quiera, extremo que
bastaría para dotarlo de la dimensión
trágica que necesitan los mitos.
Pero el don Juan de Zorrilla no quiere ser un mito. En su
camino se cruza un personaje que rompe la cadena de provocaciones mutuas con
las que el protagonista estaba habituado a relacionarse con los demás. La sosa
y almibarada doña Inés le ofrece lo que ningún otro personaje, a esas alturas,
le daría: la CONFIANZA.
Solo doña Inés, en su hiperfantasiosa ingenuidad,
podría creer que don Juan es un ser noble y hasta digno de amor. Y, al creerlo
así, lo crea así: don Juan, fascinado y enamorado, quiere convertirse en la
imagen “deformada” (¿o no?) de sí mismo
que le devuelve la mirada de su amada. Pero don Gonzalo, ante el que se
presenta a continuación con su nuevo yo, le niega con su DESCONFIANZA toda
posibilidad de cambio, resucitando al antiguo Tenorio. Un poco al estilo de la película "Dos hombres en la ciudad".
Pedagógicamente, la idea es muy tentadora: confianza y
segundas oportunidades para devolverles esa imagen de lo que esperamos de ellos,
frente a reprimendas y castigos para “reeducar” las conductas que no queremos, y que
solo conseguirían en realidad reforzarlas mediante la provocación. Naturalmente, la primera opción es mucho más
agradable. Pero también, quizás, demasiado ingenua.
Hoy, la pregunta que les lancé a mis alumnos adolescentes,
ante algunos versos de la obra, era la siguiente:
Lo que justicias ni obispos
no pudieron de mí hacer
con cárceles y sermones,
lo pudo su candidez.
Su amor me torna en otro hombre
regenerando mi ser,
y ella puede hacer un ángel
de quien un demonio fue.
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¿Por qué crees que doña Inés ha
conseguido lo que “cárceles y sermones” no pudieron? ¿Crees que esto es
aplicable a la realidad? ¿Te identificas con esta idea? ¿En qué?
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La respuesta fue aun más unánime
que en años anteriores: un rotundo, concluyente y poco abierto al debate
“¡NOOOOOOOO!”. Las cárceles y sermones son siempre más útiles, naturalmente,
que la candidez y el amor. Una idea
que subyace en muchas actitudes y afirmaciones de mis alumnos, desde las
quejas y reflexiones de tutoría hasta las soluciones a algunos problemas en la
asignatura de Ética, que también me ha tocado dar este curso. Una idea que gana
adeptos año a año entre aquellos que deberán construir la sociedad del futuro.
Una idea que me lleva a otra sobre la que ya escribí en este mismo blog: todos
llevamos un fascista dentro. Algunos,
muy pocos, porque quieren imponer sus ideas, actitudes y valores. La mayoría,
esa mayoría silenciosa de la que últimamente hemos oído hablar, porque quieren
que las ideas, actitudes y valores que deben mantener les sean impuestas.
Total, que a veces es mejor no preguntar.
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