Tres años
Hace tres años papá se estaba muriendo. Bueno, en realidad llevaba muriendo ya bastantes años. Como mínimo, desde que nos fuimos de casa. Probablemente incluso desde antes. Fue perdiendo terreno y energía hasta que su mundo se hizo tan pequeño que prefirió dejarse morir. Mamá, en cambio, con su depresión eterna y sus quejas continuas, fue ganando terreno hasta quedarse con todo. Bueno, con todo no. No con nosotros. A nosotros nos perdieron los dos. No, eso tampoco es exacto. Nos mantuvieron atados por ese sentimiento de obligación que nos inculcaron probablemente sin saberlo. Ese hacernos responsables de sus sentimientos, primero disfrazado de preocupación ("eso no, que tu madre se pone nerviosa", "es que yo me preocupo", "no me ayudais nada") y, una vez adultos, de supuesta complicidad, en el fondo autojustificativa. Un sentimiento de obligación que, aunque desagradable (o quizás por desagradable, ya que eso moviliza la culpa), es más poderoso que el a...