Tres años
Hace tres años papá se estaba muriendo.
Bueno, en realidad llevaba muriendo ya bastantes años. Como mínimo, desde que nos fuimos de casa. Probablemente incluso desde antes. Fue perdiendo terreno y energía hasta que su mundo se hizo tan pequeño que prefirió dejarse morir.
Mamá, en cambio, con su depresión eterna y sus quejas continuas, fue ganando terreno hasta quedarse con todo.
Bueno, con todo no. No con nosotros. A nosotros nos perdieron los dos.
No, eso tampoco es exacto. Nos mantuvieron atados por ese sentimiento de obligación que nos inculcaron probablemente sin saberlo. Ese hacernos responsables de sus sentimientos, primero disfrazado de preocupación ("eso no, que tu madre se pone nerviosa", "es que yo me preocupo", "no me ayudais nada") y, una vez adultos, de supuesta complicidad, en el fondo autojustificativa.
Un sentimiento de obligación que, aunque desagradable (o quizás por desagradable, ya que eso moviliza la culpa), es más poderoso que el amor.
¿Lo es? Bueno, tal vez no. Porque es justamente el amor el que, a lo largo de estos tres años, ha venido a recordarme, también dolorosamente (porque el amor duele más que la obligación), que yo no habría podido hacer nada por ellos. Que un vínculo de pareja es solo de la pareja, y nadie va a poder nunca, por mucho que quiera o por mucho que lo intente, solucionarles la papeleta. Que un vínculo de pareja es solo de la pareja, y no tiene nada que ver con nadie, ni siquiera con los hijos.
Papá no era más egoísta que todos los demás. Una pareja con problemas no puede amar, porque no puede ver otra cosa. La pareja es el vínculo más fuerte, porque compromete nuestra identidad, nuestro ego, y cuando eso está en juego no hay nada más. Absolutamente nada más. Es una fuerza poderosa e inmensa, que lo arrasa todo. Y cuando se vuelve destructiva, lo mejor es huir. Dejarlos a ellos solos, en el campo de batalla, destruyendo y destruyéndose.
Yo lo hice, e hice bien. Ahora, en estos tres años últimos, movida por el amor y no por la obligación, la vida me ha dado la ocasión de hacer lo contrario, con una pareja diferente, probablemente solo para demostrarme que aquello estuvo bien. Que no hay que arreglar ni hay que separar, que en situaciones como estas mejor más lejos, y que lo que aprendí como hija puede salvarme como mujer.
Comentarios