Normal Natural Necesario


Imagen de un eclipse solar por la NASA
Comprender una palabra puede parecer a veces, casi siempre, un proceso bastante natural. Para unos, la comprensión deriva de identificar la relación de ese término con una realidad que existe fuera del "interpretante". Para otros, creamos la realidad, o gran parte de ella, a través de las palabras y sus complejas relaciones. Seguramente, el significado de un buen número de palabras no sea más que el resultado del uso, individual o colectivo, que hacemos de ellas. A mí, desde niña, la palabra normal me ha resultado siempre la más oscura, incomprensible y compleja de todas las que he llegado a conocer. Tal vez tenga dificultades para apreciar los matices de los numerosísimos (¿valdría aquí decir “normales”?) usos en los que a diario aparece. Tal vez, simplemente, me molesten muchos de ellos, porque intuyo que hay algo maravilloso pero inalcanzable para mí en eso que la gente llama “normalidad”.

 Yo diría que “normal” sería algo referido a algún tipo de “norma”. Una norma implícita, tácita, interna, que surge de las cosas o de las personas de manera “natural” (fascinante la primera acepción que da la RAE), porque para las imposiciones externas (o que el emisor de turno considera como externas) intuyo que se usa más el adjetivo “normativo-a”, mucho más asequible y transparente.

En la medida en que esa norma surge de la naturaleza de las cosas o de las personas, la palabra normal estaría muy cerca de lo necesario. Por ejemplo, respirar, comer, beber, dormir o defecar son actividades necesarias, exigidas por nuestra propia naturaleza, y por eso mismo algo, más que normal, necesario para cualquier ser humano vivo, al menos de momento. Probablemente un biólogo o un médico considere que hay muchas otras funciones más necesarias que normales. La mayoría (¿valdría aquí decir “los normales”?) echarían en falta en esa lista, por encima de todo, el sexo. Pues no, damas y caballeros, resulta que están todos (bueno, vale, casi todos) equivocados.
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La búsqueda de sexo es normal (creo, ¿ya he dicho que a veces tengo problemas para usar esta palabra?), pero parece que existen personas que no necesitan sexo para vivir. No son gente que haya renunciado a sus “instintos” en aras de ideales místicos o religiosos. Tampoco parece que sean víctimas de oscuros traumas o algún tipo de extraña patología, pues no viven su inapetencia con angustia o sensación de limitación. Ya, ya sé lo que todos estáis pensando. Ellos también lo saben. Como era de esperar, el resto del mundo, los “normales”, reaccionan ante ellos tal y como era de esperar, con actitudes que van desde la chanza a la incredulidad, pasando, como no podía ser menos, por el análisis pseudopsicológico en busca de las dramáticas raíces infantiles o sentimentales de tamaña anormalidad. Para “curarlos”, claro. Por su “bien”, claro.

Y es que cualquier ejercicio intelectual, por complicado que parezca, es más sencillo que la simple aceptación de la diferencia.


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