Trabajo y empleo

Hace cosa de dos años, el principio de la crisis me pilló leyendo La conjura de los necios. Por aquel entonces, el gobierno intentaba paliar la situación económica con incentivos a la compra de coches o financiación municipal para obras innecesarias. Incentivar el gasto no porque sea necesario en sí mismo, sino solo (o nada menos que, según se mire) para mantener puestos de trabajo que se iban a perder. 

En ese contexto, no es extraño que uno de los temas que más llamaron la atención de esta novela (en la que, por otro lado, podríamos encontrar casi cualquier otro tema), fuese el del trabajo como un fín en sí mismo. En la obra, los “trabajos” que aparecen son completamente inútiles para la sociedad, e incluso perniciosos para el individuo. El ejemplo más parecido al de la realidad con la que comienzo esta entrada es el del policia Mancuso, que vaga por Nueva Orleans buscando “sospechosos”. ¿Sospechosos de algo? ¡No! Sospechosos, así, a secas. No es que haya un crimen que investigar, no. Ni siquiera un sospechoso de algo concreto. Hay que encontrar sospechosos, aunque sea de robar cacahuetes, para justificar el sueldo. Y Mancuso, hombre respetable donde los haya, se entrega concienzudamente a la tarea. El caso de la Señora Trixie es diferente. Ella no quiere trabajar, y lo evita en la medida de lo posible. Son las clases burguesas y ociosas, representadas por la Señora Lévy, las que se empeñan, contra la voluntad de la pobre anciana, en que ella “necesita realizarse”, y que su realización pasa por “realizar” un trabajo inútil en una oficina inútil. 

Por su parte, Ignatius Reilly, a sus 30 años, vive encerrado en su habitación escribiendo sus cuadernos “Gran Jefe”. Para las gentes con sentido común (cualidad comentada ya en otro post), podría parecer un vago aprovechado que no hace nada con su vida y vive de la pensión de su pobre madre. ERROR. Por mal que nos caiga este personaje, por ridículas que puedan parecer sus pretensiones, Ignatius sí hace algo: escribe. El problema no es ese. El problema es que NO LE PAGAN. Ni le pagan ni genera dinero, como tampoco las “excentricidades” activistas de Myrna Minkoff, las fiestas organizadas por Dorian Green o el absoluto hedonismo del señor Lévy, personajes todos ellos dedicados a dilapidar sus herencias de acuerdo con sus intereses personales.

No les pagan porque su trabajo no es “útil”, no aportan nada a la sociedad, dirían esas mismas gentes biempensantes. Ya. Lo útil es decorar la oficina de Lévy Pants y archivar papeles antiguos (la única actividad de Reilly considerada “digna” por sus vecinos y su madre). Lo útil es vender salchichas a gente que ni las quiere ni las necesita (de lo contrario, iría a una tienda a buscarlas). Lo útil es buscar sospechosos de nada, organizar el papeleo de una empresa o regentar, como Lana Lee, un lugar donde, a diferencia de las fiestas de Dorian, se prostituyen el entretenimiento, el arte y el sexo. 

 
Y lo triste es que las cosas van así. El trabajo no es, en realidad, un servicio que se presta a los otros a cambio de una remuneración. La remuneración es el fin único, haya o no haya una necesidad que cubrir, una satisfacción que proporcionar o un progreso humano o social que producir. La mayoría de nosotros trabajamos exclusivamente para conseguir el dinero que mantiene la maquinaria del sistema. Mis alumnos ya lo saben: desde 3º o 4º de ESO, van a clase únicamente por los “puntos”, y les importa poco que esos puntos, como nuestro sueldo, respondan o no a un progreso real. No tienen que responder a nada. Tampoco importa mucho que mi trabajo, como el de mis compañeros, responda a nada. A nada más que a proporcionarnos a los trabajadores un sueldo con el que pagar un piso o un coche que mantenga a los trabajadores de las inmobiliarias, las constructoras, las fábricas, los concesionarios y los bancos, que a su vez pagarán impuestos para que los profesores otorguemos a sus hijos títulos que les permitan convertirse en trabajadores que se puedan comprar un piso y un coche, manteniendo así a otros hijos-trabajadores que pagarán impuestos para que sus hijos tengan un título que les permita comprar... 

Personas al servicio del dinero y no dinero al servicio de las personas. Ahora, con la crisis agudizada, un paro galopante, y después de haber visto documentales como Zeitgeist o The money fix, recuerdo estas reflexiones que antes eran solamente una intuición, y me pregunto si realmente es necesario un continuo crecimiento de la producción y el consumo. Puestos a financiar trabajos absurdos, ¿por qué no financiar a un Ignatius que escriba sus particulares reflexiones, en lugar de forzarle a realizar trabajos para los que ni vale, ni quiere, ni interesa? ¿por qué no financiar las excéntricas e inútiles actividades sociales de Myrna? ¿qué tiene de malo que Dorian Green organice fiestas gratuitas para sus amigos con el dinero producido por sus antepasados? ¿o que el señor Lévy haga lo propio en su propia comodidad? Al menos estas actividades resultan agradables y provechosas para alguien. Tal vez, si el dinero fuese un medio y no un fin en sí mismo, nuestro concepto de la “utilidad” del trabajo sería un poquito diferente. Tal vez, todo lo que malgastamos en financiar empleos ficticiamente productivos podría emplearse en actividades que realmente producen un bienestar o una satisfacción en alguien, y que en muchos casos la gente realiza por pura “afición”. No hay más que darse una vueltecilla por Internet para ver cuántas personas “regalan” gran cantidad de trabajo que no es empleo (muchos de ellos, probablemente, parados, otros malpagados o alienados en empleos que detestan, algunos porque se lo pueden permitir) Sí, señores, hay mucha gente que gratuitamente escribe, lee, crea, investiga, participa en actividades sociales, solidarias o culturales, entrena al equipo del barrio, se ocupa de sus hijos o de su familia, participa en el grupo de teatro local, organiza fiestas o reuniones de todo tipo, cultiva un pequeño huerto o un jardín... Tal vez si eliminásemos el gasto militar, la obsolescencia planificada, los oscuros movimientos financieros y alguna cosilla más, podríamos pagar a esta gente por sus "aficiones", que a menudo aportan al mundo y a ellos mismos más que muchos empleos reconocidos. Quién sabe, quizás incluso todo el mundo podría tener un salario mínimo, y a partir de ahí decidir lo que quisiera hacer...

Tal vez, hoy sea un día para soñar porque mañana retomo mi trabajo remunerado. Por dinero, claro que sí. Pero este año intentaré, de nuevo, divertirme en lo posible, buscar algo más que el sueldo, imaginarme que todo el esfuerzo me hace crecer y hace crecer a mis alumnos. Porque hoy sé que, si me pagaran aunque me quedara en casa, y a pesar de todos los contratiempos e incomodidades, mañana iría a trabajar en algo. Es el modo en que prefiero participar en una sociedad enferma pero en la que quiero participar.

Ojalá todos pudiéramos elegir. Mientras tanto, haremos lo que podamos con lo que tenemos.
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