Una señora feliz
Era una señora feliz. No tenía motivos para no serlo. Tenía un trabajo cómodo, muchas aficiones y muchos amigos, y le importaba poco la opinión de la gente. Esto último, naturalmente, no le gustaba a la gente. Y tampoco les hacía gracia que fuese feliz. Si fuese una niña, o una joven, se entendería, pero, a la edad de la señora feliz, esa despreocupación no les parecía natural. A munchos, incluso, les parecía irreverente. Como no les gustaba la felicidad de la señora feliz, inventaban mil y una preocupaciones para ella: que si el gobierno, que si la ecología, que si la discriminación de las mujeres, que si la enfermedad de tal o cual vecino, que si la desgracia de tal o cual otra... Pero ella no se dejaba influir. Enfadarse o ponerse triste solo aumenta el número de enfadados y tristes en el mundo. La alegría es el mejor regalo, incluso para los enfadados y tristes. A la señora feliz le gustaban las flores del campo, y además le gustaban en el campo. No le gustab...