Una señora feliz
Era una señora feliz.
No tenía motivos para no serlo.
Tenía un trabajo cómodo, muchas aficiones y muchos amigos, y le importaba poco la opinión de la gente.
Esto último, naturalmente, no le gustaba a la gente. Y tampoco les hacía gracia que fuese feliz. Si fuese una niña, o una joven, se entendería, pero, a la edad de la señora feliz, esa despreocupación no les parecía natural. A munchos, incluso, les parecía irreverente.
Como no les gustaba la felicidad de la señora feliz, inventaban mil y una preocupaciones para ella: que si el gobierno, que si la ecología, que si la discriminación de las mujeres, que si la enfermedad de tal o cual vecino, que si la desgracia de tal o cual otra... Pero ella no se dejaba influir. Enfadarse o ponerse triste solo aumenta el número de enfadados y tristes en el mundo. La alegría es el mejor regalo, incluso para los enfadados y tristes.
A la señora feliz le gustaban las flores del campo, y además le gustaban en el campo. No le gustaban las flores cortadas ni las cultivadas. Por eso ella no cultivaba el terreno que rodeaba su casa, simplemente dejaba que crecieran allí margaritas, dientes de león, amapolas y otras flores silvestres, que aparecían justamente porque ella no cultivaba ninguna otra.
Aquella primavera la señora feliz decidió darse una vuelta por la otra punta del mundo. Sus vecinos aprovecharon la ausencia para cortar todas las flores de su terreno y tirarlas al río. Cuando volvió, la señora feliz se sorprendió al ver su jardín sin flores, pero no le importó demasiado. Las flores silvestren vuelven a brotar, incluso si no haces demasiado esfuerzo.
Dejó sus maletas y se fue a dar un paseo por la orilla del río. Al avanzar unos metros, vio unas cuantas flores flotando. Vaya, pensó, a mí no me gustan las flores cortadas, pero ahí en el río no quedan tan mal. Desde luego, mucho mejor que en un jarrón. Siguió paseando en la misma dirección que la leve corriente, y cada vez había más flores flotando en el río.
En uno de sus tramos, el río bordeaba el montículo en el que se situaba el vertedero del pueblo. Unos días antes, como consecuencia de una terrible tormenta, una parte de los restos depositados en el vertedero habían caído en las aguas, de modo que las flores del jardín de la señora feliz se iban mezclando con ellos: restos de comida, juguetes, ropa y objetos que, antes de ser desechados como basura, habían hecho felices, siquiera durante un pequeño instante, a alguno de los vecinos.
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| H. de Toulouse-Lautrec: Marcelle Lander dansant le boléro dans Chilpéric (1895) |

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