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Decepción

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 Era día de mercado, y el niño tenía un juguete nuevo.  Un juguete barato y frágil, pero muy colorido, que el niño miraba con la ilusión de los comienzos.  La amiga de mamá quiso hacerse la simpática y jugar con él. Lo hacía sin naturalidad, no por ella, sino por captar la atención del niño. Con una especie de nerviosismo espasmódico, con movimientos bruscos...  Y el juguete, en esas manos inexpertas y ansiosas, se rompió. La cara del niño, acompasada, se desencajó. Pero no soltó una sola sola lágrima. Solo se dejó caer en la silla, los hombros caídos, la cabeza gacha, la mirada fija en el juguete roto.  La amiga de mamá se disculpaba, mamá le quitó importancia, era un juguete barato, no valía nada. Y siguió la conversación. El niño permanecía en la misma postura, silencioso.  Percibí, no sé muy bien cómo, el nudo en la garganta, el fuego en el pecho, el líquido contenido en los ojos como la presa contiene el agua del embalse. Me acerqué y lo abracé. Lo abr...

Sinceramente

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 Sinceramente, cada vez admiro más a la gente sincera. El viernes una compañera de trabajo volvió a darme una lección. Era algo que habíamos hablado entre nosotras otras veces, de alianzas extrañas, y yo solía quitarle importancia al papel de uno de los compañeros. Entonces ella, en un momento en que estábamos los tres, simplemente se lo dijo. Con una franqueza descarnada pero también sincera, sin reproches, sin dar ocasión a excusas o justificaciones o negaciones. Solo para decirlo, para que estuviesen las cosas claras.  Y entonces se produjo el milagro. El milagro del entendimiento, del buen rollo, del cada uno en su estilo pero de frente, con las cartas sobre la mesa. Porque en el fondo no somos tan diferentes, ni tan incomprensibles, ni tan intransigentes. La verdad no es un reproche, es una ocasión, una oportunidad, una puerta que abre paso, desde lo evidente que nos separa a lo sustancial que nos une. Del malentendido al entendimiento. De las suposiciones a las certezas....
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Tres años

 Hace tres años papá se estaba muriendo. Bueno, en realidad llevaba muriendo ya bastantes años. Como mínimo, desde que nos fuimos de casa. Probablemente incluso desde antes. Fue perdiendo terreno y energía hasta que su mundo se hizo tan pequeño que prefirió dejarse morir. Mamá, en cambio, con su depresión eterna y sus quejas continuas, fue ganando terreno hasta quedarse con todo. Bueno, con todo no. No con nosotros. A nosotros nos perdieron los dos.  No, eso tampoco es exacto. Nos mantuvieron atados por ese sentimiento de obligación que nos inculcaron probablemente sin saberlo. Ese hacernos responsables de sus sentimientos, primero disfrazado de preocupación ("eso no, que tu madre se pone nerviosa", "es que yo me preocupo", "no me ayudais nada") y, una vez adultos, de supuesta complicidad, en el fondo autojustificativa.  Un sentimiento de obligación que, aunque desagradable (o quizás por desagradable, ya que eso moviliza la culpa), es más poderoso que el a...

¿Por qué le llamas amor cuando quieres decir...?

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Hace unas semanas hablaba con C sobre la relación entre las preferencias sexuales y las actitudes vitales. A diferencia de lo que yo había creído (o querido creer) hasta el momento, para él la relación es obvia y lineal: el comportamiento sexual y el afectivo van de la mano. Uno y otro, y quizás a través del componente afectivo más que del sexual, están también influidos, como casi todo, por los roles de género históricos y culturales . Parece bastante evidente que hay un claro paralelismo entre la oposición dominante-activo / sumisa-pasiva y los conceptos masculino / femenino. Por mucha literatura que queramos ver en ello, esos roles no son ni el resultado ni la base de negociación ninguna, sino de una lucha de poder. Y en la lucha, a diferencia de la negociación, alguien tiene que perder. Al menos uno de dos. La persona sumisa, contra todo lo que pueda parecer y seguramente también contra lo que ella misma cree, no es un alma generosa y sacrificada que se entrega porque sí, sino una ...

Una señora feliz

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 Era una señora feliz. No tenía motivos para no serlo.  Tenía un trabajo cómodo, muchas aficiones y muchos amigos, y le importaba poco la opinión de la gente.  Esto último, naturalmente, no le gustaba a la gente. Y tampoco les hacía gracia que fuese feliz. Si fuese una niña, o una joven, se entendería, pero, a la edad de la señora feliz, esa despreocupación no les parecía natural. A munchos, incluso, les parecía irreverente.  Como no les gustaba la felicidad de la señora feliz, inventaban mil y una preocupaciones para ella: que si el gobierno, que si la ecología, que si la discriminación de las mujeres, que si la enfermedad de tal o cual vecino, que si la desgracia de tal o cual otra... Pero ella no se dejaba influir. Enfadarse o ponerse triste solo aumenta el número de enfadados y tristes en el mundo. La alegría es el mejor regalo, incluso para los enfadados y tristes. A la señora feliz le gustaban las flores del campo, y además le gustaban en el campo. No le gustab...

Yo también soy tú

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 Así pues, nosotros mismos generamos los mecanismos inconscientes que regulan nuestras relaciones; primero, seleccionando, entre la multitud de personas que se cruzan en nuestros caminos, aquellas que respondan a nuestras necesidades del momento; después, posicionándonos con respecto a ellas de manera que nuestra actitud provoque respuestas similares a lo que conocemos.  Orson Welles: The lady from Shanghai A veces, a lo que conocemos por haberlo sentido con otras personas con anterioridad. Pero otras veces, nuestro posicionamiento nos lleva a ocupar el lugar de personas que, inconscientemente, nos han herido a nosotros. Sentir lo que ellos sintieron, o no sentir lo que ellos no sintieron, nos permite entenderlos y explicarnos a nosotros mismos qué es lo que pasó. O al contrario, encontramos personas que, ante una situación similar, adoptan posicionamientos diferentes a aquellos que nos han dañado. Y eso, también, nos permite comprender la realidad y superarla. En cualquier ...