Decepción
Era día de mercado, y el niño tenía un juguete nuevo. Un juguete barato y frágil, pero muy colorido, que el niño miraba con la ilusión de los comienzos.
La amiga de mamá quiso hacerse la simpática y jugar con él. Lo hacía sin naturalidad, no por ella, sino por captar la atención del niño. Con una especie de nerviosismo espasmódico, con movimientos bruscos...
Y el juguete, en esas manos inexpertas y ansiosas, se rompió. La cara del niño, acompasada, se desencajó. Pero no soltó una sola sola lágrima. Solo se dejó caer en la silla, los hombros caídos, la cabeza gacha, la mirada fija en el juguete roto.
La amiga de mamá se disculpaba, mamá le quitó importancia, era un juguete barato, no valía nada. Y siguió la conversación. El niño permanecía en la misma postura, silencioso.
Percibí, no sé muy bien cómo, el nudo en la garganta, el fuego en el pecho, el líquido contenido en los ojos como la presa contiene el agua del embalse. Me acerqué y lo abracé. Lo abracé a él y a todos los niños a los que se les ha roto el juguete. A todas las niñas que una vez esperaron con ilusión una mudanza que no llegó. A las adolescentes que fueron correspondidas por el chico guapo con una atracción sin la fuerza suficiente para materializarse. A las jóvenes que empezaron un amor frustrado por las circunstancias. A todos los años que iban a ser diferentes y terminaron siendo iguales. A todas las cosas que por un momento parecía que iban a ser y no fueron.
Lo abracé y le compré un juguete nuevo. Le compré un juguete nuevo al niño y le compré una casa a la niña. Y encontraré un amor que sea fuerte y constante y que supere las circunstancias para todas las demás.
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| Bruno Amadio / Giovanni Bragolin: Los niños llorones |

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