Mi coche
Todas las cosas se cuidan de sí mismas. Podría cerrar los ojos y este viejo coche se ocuparía de sí mismo. Dean Moriarty.
Mi coche necesita un trasplante. Un trasplante de unos 2000 euros.
Confieso que me he visto tentada por el impulso de comprar un coche nuevo. En la balanza, mi consumismo y mis conocidos ponían sin cesar pesas de ese lado: “¡No merece la pena gastar en un coche viejo!”. “Ahora están muy baratos”. “Cuando empiezan a dar problemas, es mejor deshacerse de ellos”. Pero hoy lo he vuelto a conducir, después de dos o tres meses, y una sorprendente e inesperada revelación ha desequilibrado esa balanza en otra dirección: yo quiero a mi coche.
Mi coche se ha vuelto un gruñón, como su dueña: cuando arranca, o cuando las normas de tráfico le obligan a detener su marcha, ruge, tose y tiembla como un condenado. También es cierto que cuando coge carrerilla, también como la dueña, se sigue defendiendo con la misma alegría y soltura de siempre. Siempre que no reduzca a primera. Mi coche, y yo, preferimos las marchas largas, y a ninguno de los dos nos gusta que nos paren.
Antes de esta avería, mi coche me ha dado otros problemas: me ha dejado tirada en la autopista, en el garaje y en el instituto, y durante una época consumía más aceite del debido (bueno, la dueña también tiene, por suerte cada vez menos, tendencia a consumir más de lo debido). Por otro lado, yo también lo he maltratado a él: lo he estrellado contra columnas, puertas y cunetas; dos de los tres pinchazos que nos han tenido paralizados a solas en medio del camino han sido consecuencia de negligencias mías; le he dejado dormir a la intemperie; no he tenido prisa por reparar los frecuentes arañazos que le he causado; desatiendo su orden y su limpieza hasta un punto que avergonzaría al común de los mortales (acepción 2); y, sobre todo, lo he puesto a parir ante propios y extraños.
Pero le quiero. No, espera, la adversativa no es la conexión apropiada. Corrijo: por todo esto, le quiero.
Así que probablemente, si el sentido común no lo remedia (debe elegirse para “común” una de las acepciones 2. adj. Corriente, recibido y admitido de todos o de la mayor parte. 3. adj. Ordinario, vulgar, frecuente y muy sabido, o 4. adj. Bajo, de inferior clase y despreciable), repararé mi viejo coche. Me dirán “estás loca, una vez que empiezan no paran de dar problemas”, y yo, de natural poco peleón, sólo diré: “ya, pero le quiero”, y pensaré para mí: “¿realmente es tan importante escapar de los problemas, aunque del otro lado esté nada menos que el amor?”. Muchos saben que estoy un poco loca (recomiendo encarecidamente consultar esta palabra en el diccionario de la RAE, no tiene desperdicio y da para filosofar tres tardes de playa seguidas, por lo menos), pero pocos saben que soy una sentimental. Y yo, que estoy algo loca, creo que mi coche es uno de esos pocos.
Confieso que me he visto tentada por el impulso de comprar un coche nuevo. En la balanza, mi consumismo y mis conocidos ponían sin cesar pesas de ese lado: “¡No merece la pena gastar en un coche viejo!”. “Ahora están muy baratos”. “Cuando empiezan a dar problemas, es mejor deshacerse de ellos”. Pero hoy lo he vuelto a conducir, después de dos o tres meses, y una sorprendente e inesperada revelación ha desequilibrado esa balanza en otra dirección: yo quiero a mi coche.
Mi coche se ha vuelto un gruñón, como su dueña: cuando arranca, o cuando las normas de tráfico le obligan a detener su marcha, ruge, tose y tiembla como un condenado. También es cierto que cuando coge carrerilla, también como la dueña, se sigue defendiendo con la misma alegría y soltura de siempre. Siempre que no reduzca a primera. Mi coche, y yo, preferimos las marchas largas, y a ninguno de los dos nos gusta que nos paren.
Antes de esta avería, mi coche me ha dado otros problemas: me ha dejado tirada en la autopista, en el garaje y en el instituto, y durante una época consumía más aceite del debido (bueno, la dueña también tiene, por suerte cada vez menos, tendencia a consumir más de lo debido). Por otro lado, yo también lo he maltratado a él: lo he estrellado contra columnas, puertas y cunetas; dos de los tres pinchazos que nos han tenido paralizados a solas en medio del camino han sido consecuencia de negligencias mías; le he dejado dormir a la intemperie; no he tenido prisa por reparar los frecuentes arañazos que le he causado; desatiendo su orden y su limpieza hasta un punto que avergonzaría al común de los mortales (acepción 2); y, sobre todo, lo he puesto a parir ante propios y extraños.
Pero le quiero. No, espera, la adversativa no es la conexión apropiada. Corrijo: por todo esto, le quiero.
Así que probablemente, si el sentido común no lo remedia (debe elegirse para “común” una de las acepciones 2. adj. Corriente, recibido y admitido de todos o de la mayor parte. 3. adj. Ordinario, vulgar, frecuente y muy sabido, o 4. adj. Bajo, de inferior clase y despreciable), repararé mi viejo coche. Me dirán “estás loca, una vez que empiezan no paran de dar problemas”, y yo, de natural poco peleón, sólo diré: “ya, pero le quiero”, y pensaré para mí: “¿realmente es tan importante escapar de los problemas, aunque del otro lado esté nada menos que el amor?”. Muchos saben que estoy un poco loca (recomiendo encarecidamente consultar esta palabra en el diccionario de la RAE, no tiene desperdicio y da para filosofar tres tardes de playa seguidas, por lo menos), pero pocos saben que soy una sentimental. Y yo, que estoy algo loca, creo que mi coche es uno de esos pocos.
Remendados, maduritos y algo pasados de moda, mi coche y yo seguiremos paseando nuestro malhumor, y nuestros problemas, por calles y autovías. Juntos, mientras los dos queramos.
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