Nada, absolutamente nada.
Muchísimas veces soñé con aquel tren nocturno. Siempre el mismo sueño: un expreso cargado de humanidad, en el que reina un ambiente infecto de humo de tabaco y hedor a orines. Tan atestado de gente va, que ni siquiera queda un sitio para viajar de pie. Los asientos están cubiertos de vómitos secos. Incapaz de aguantar aquello, me levanto y me apeo en la próxima estación. Pero resulta ser un paraje desolado, donde no brilla ni una sola luz que delate la existencia de una habitación humana. No hay ni empleado del ferrocarril, ni un reloj, ni un tablón de horarios. Nada, absolutamente nada. Éste era mi sueño.
(Haruki Murakami: La caza del carnero salvaje)
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