Desengaño
Un día don Quijote decidió hacerse profesor. Se sacó su carrera universitaria, hizo el CAP, estudió durante día y noche las oposiciones y se apuntó a todo tipo y cantidad de cursos, cursillos y similares (xornadas, grupos de traballo, seminarios, lecturas…): pedagogía, didáctica de esto y de lo otro, psicología evolutiva, aprendizaje significativo, atención a la diversidad, animación a la lectura, informática, comprensión lectora, expresión oral y escrita, constructivismo, aula digital, gestión de grupos, elaboración de unidades didácticas, convivencia, resolución de conflictos, recursos para la tutoría, evaluación, elaboración de material, video digital, cine en el aula, aprendizaje cooperativo, idiomas, más informática, técnicas de estudio, evaluación de competencias, pizarra digital, nuevo currículum, escritura creativa,…,…,…
Tanto y tanto estudió, leyó y reflexionó nuestro caballero que, unido al poco comer y dormir, se le vino a secar el cerebro, llegando a creer que todo lo que contaban aquellos libros mentirosos era real y verdadero. Pensaba él que el fracaso de la educación, la desidia y el desorden que reinaban en el sistema, la falta de conocimientos de los alumnos y la frustración de los profesores, venían provocados por el aprendizaje memorístico, por el autoritarismo despiadado, por la falta de planificación de las clases y los programas, por la falta de utilidad de los contenidos, por la monotonía de unas clases anticuadas que no se adaptaban a los jóvenes actuales. Pensó que sus alumnos responderían con educación ante la educación, con trabajo ante el trabajo, con buena disposición ante la buena disposición. Se propuso comprenderlos, escucharlos, permitir que pensaran, crearan y se expresaran; planificar, evaluar y resolver todo lo planificable, evaluable y resolvible; esforzarse en dar variedad a sus clases, adaptarse a los tiempos, priorizar las habilidades sobre los contenidos; y, en fin, aplicar todos y cada uno de los muchos recursos de que sus años de estudio le habían dotado.
Y así, en este engaño viviendo, el pobre profesor se internó en el proceloso mundo de las aulas de secundaria.
Tanto y tanto estudió, leyó y reflexionó nuestro caballero que, unido al poco comer y dormir, se le vino a secar el cerebro, llegando a creer que todo lo que contaban aquellos libros mentirosos era real y verdadero. Pensaba él que el fracaso de la educación, la desidia y el desorden que reinaban en el sistema, la falta de conocimientos de los alumnos y la frustración de los profesores, venían provocados por el aprendizaje memorístico, por el autoritarismo despiadado, por la falta de planificación de las clases y los programas, por la falta de utilidad de los contenidos, por la monotonía de unas clases anticuadas que no se adaptaban a los jóvenes actuales. Pensó que sus alumnos responderían con educación ante la educación, con trabajo ante el trabajo, con buena disposición ante la buena disposición. Se propuso comprenderlos, escucharlos, permitir que pensaran, crearan y se expresaran; planificar, evaluar y resolver todo lo planificable, evaluable y resolvible; esforzarse en dar variedad a sus clases, adaptarse a los tiempos, priorizar las habilidades sobre los contenidos; y, en fin, aplicar todos y cada uno de los muchos recursos de que sus años de estudio le habían dotado.
Y así, en este engaño viviendo, el pobre profesor se internó en el proceloso mundo de las aulas de secundaria.
Comentarios