Otra crisis

Estoy leyendo Fin, de David Monteagudo (ed. Acantilado). En este libro, un grupo de ex–amigos se reúne en un refugio de montaña, recuperando una promesa que hicieran veinticinco años atrás. Sobre casi todos, como una losa, el peso del fracaso y de la culpa.

En la realidad, la generación de nuestros padres vivió el fracaso de sus ideales. Nosotros no tuvimos ideales. Gastamos nuestra juventud entre diversiones intrascendentes y el esfuerzo por conseguir un trabajo que financiara nuestro coche, nuestro piso, nuestros caprichos y diversiones y, en el mejor de los casos, una pareja o una familia. Convertimos lo cotidiano y lo individual en nuestro máximo objetivo. Renunciamos a creencias, compromisos y excentricidades. Tal vez, algunos lograron conformarse.

Pero a la altura de los cuarenta, algunos empezamos a sentir… el vacío. Desperdiciamos más tiempo del necesario en unos trabajos que no sirven más que para financiar nuestras necesidades y nuestras posesiones. Acostumbrados a vivir sin carencias, eso no es suficiente; ya ni siquiera nuestra autoestima se alimenta de esa “profesionalidad”. Las parejas empiezan a romperse o a cuestionarse. Los padres y madres de familia envidian el ocio de los solteros; los solteros buscan compulsivamente más trabajo, una pareja, más diversión, más cultura. El coche y el piso ya no colman nuestras esperanzas. Mi yo empieza a no ser suficiente para mí.

Vivimos una juventud acomodaticia y práctica, y nos hacemos en la madurez las preguntas que debimos hacernos a los veinte: ¿quién soy? ¿quiénes somos? ¿es esto lo que quiero? ¿qué quiero? ¿qué queremos? ¿para qué? ¿cómo lograrlo? ¿es posible lograrlo? ¿es esto un fin, o un principio?




Parece que la persona, sea quien sea, va a seguir así indefinidamente, inmóvil, durmiendo. Pero de nuevo se remueve, con mayor brusquedad y energía que antes. Y después de otro breve instante de quietud, da un nuevo respingo todavía más violento, emitiendo incluso un gruñido de irritación. Parece imposible que nadie pueda volver a dormirse después de semejante agitación. Y efectivamente así es. El ocupante de la litera se yergue bruscamente de cintura para arriba, liberándose del saco con ambas manos. Es Hugo. [...]
-La puerta está así para que te despiertes de una vez. -dice por fin Ibáñez-. La gente... anda por ahí... Y no sabemos qué hora es.
- ¿Cómo? ¿Que no sabéis? ¡No me jodas! -dice Hugo recobrando súbitamente una buena porción de conciencia- Entonces los relojes... los móviles... ¿Todavía estamos...?
-No funciona nada.
__________________________________________
-Es igual -dice Ginés, levantando la cabeza unos centímetros, y girándola hacia su compañera-. No importa de qué escapemos... del Profeta, de un cataclismo nuclear, de nuestras propias conciencias... El resultado es el mismo: hay que seguir, hay que alejarse del núcleo, del problema, lo más posible y buscar la normalidad, la civilización... si es que aún existe...

Comentarios

Maria ha dicho que…
Paloma, has dado en el clavo una vez más!

Entradas populares de este blog

Trabajo y empleo

Normal Natural Necesario

Metáfora conceptual y viceversa