El poder, esa dulce tentación
La ola (Dennis Gansel, 2008) es una interesante e inquietante película sobre disciplina, autoridad, liderazgo, poder y relación entre educación y política (como mínimo). Una visión lúcida sobre el fascismo que nos descubre esa cara de la que no se suele hablar: y es que todos, mandatarios o mandados, llevamos un fascista dentro.
En los últimos años, cada vez más individuos, casi sectores enteros, reclaman la necesidad de más disciplina en las aulas, la “recuperación” de la autoridad del profesor. Algunos pretenden incluso darle un estatus legal, similar ¡al de la policía! Está claro que una cierta autoridad nos resulta a casi todos más fácil, más cómoda, más segura y, a corto plazo, más eficaz, pero… ¿es realmente la mejor opción?
En contra de lo que podría parecer, a la mayoría de los alumnos les gusta, incluso reclaman, la figura de un profesor fuerte, “que se haga respetar”, “que imponga”, “que mantenga el orden”… No a base de gritos o insultos, claro, eso en el fondo es un signo de debilidad. Pero esa autoridad serena y firme que rezuma el protagonista de la película fascinaría a los alumnos reales tanto como a los de la ficción. Un profesor con carisma, el centro de su clase, sí, pero capaz de motivarlos, de sacar lo mejor de ellos, de llevarlos a su terreno. Un LÍDER. Y sin embargo, también un antiguo anarquista que renuncia a sus ideales, frustrado, acosado por complejos que sólo su reciente experiencia de poder logra alejar. Rainer no impone, propone. Son sus alumnos los que le arrastran a la condición de líder. Y él, claro, se deja arrastrar: porque, por primera vez, se ve como un profesor eficaz, respetado, incluso admirado, que cumple sus objetivos "pedagógicos", que contenta a alumnos, padres y directivos.
Nos dijeron que la libertad era estupenda. Descubrimos con el tiempo que ser realmente libre exige conocimiento y responsabilidad. Pero aún nos resistimos a aceptar que la libertad es difícil, incierta y desasosegante. Que su aprendizaje es lento, y costoso, porque se hace a “costa”. A costa de no desarrollar otras habilidades y de adquirir menos conocimientos, a costa de sufrir conflictos, de la inquietud y el desorden. Lo cómodo es el orden, la mecánica, la uniformidad, la protección que da la pertenencia al grupo, seguir a un líder. Dejarse arrastrar por la ola. Lo difícil es ser uno mismo, aceptar las diferencias, vivir en un mundo en conflicto, enfrentarse a las contradicciones y resolverlas, o aceptarlas, con autonomía.
Los alumnos de Rainer se dan cuenta enseguida, lo eligen su líder, renuncian encantados a su libertad y a su individualidad y se convierten, bajo el poder de la disciplina, en el tipo de joven que parece ser el sueño de los adultos: están motivados, integrados, trabajan, redactan, hacen su página web, su logo, colaboran con la clase, se dejan guiar... Sólo dos chicas rechazan el “nuevo” sistema (será nuevo en Alemania, porque lo que es aquí…).
La familia de una de ellas representa un modelo educativo distinto, basado en la libertad y la naturalidad. Un modelo que da fruto a largo plazo, pero que también presenta sus fisuras: en casa hay conflictos, especialmente con el indomable hermano pequeño. Pero, ya en la adolescencia, y a pesar de que inicialmente Karo no parecía simpatizar con la educación propuesta por sus padres, la joven actúa con valentía, libertad y responsabilidad. Tal vez merezcan la pena los conflictos si con ellos, o a pesar de ellos, conseguimos adultos que, a la hora de la verdad, sepan reaccionar como Karo o Mona, aunque inicialmente protesten de la libertad que les damos. Tal vez el mundo sería mejor entonces.
¿Pero quién pagaría el precio de una escuela en libertad? La sensación de poder, de control o de liderazgo se acaba volviendo necesaria también para el profesor. Sólo en los últimos años yo he empezado a dar las clases con una cierta tranquilidad, esa cierta tranquilidad que da el orden, el silencio, la participación ordenada, la planificación cuidadosa. Se me encoge el estómago al recordar el caos de los primeros años. Y mi pesadilla más recurrente siguen siendo unos alumnos descontrolados, gritando, gritándome, saliendo y entrando del aula a su antojo, levantándose, contestando, rompiendo las “normas de clase”. Me despierto aliviada porque eso ya casi no me pasa en la realidad. Yo no quiero tomar una pastilla el lunes para enfrentarme a la escuela, como la mujer del protagonista. Tal vez esté colaborando a formar una sociedad habituada a seguir directrices, ávida de líderes, frágil ante el autoritarismo más o menos sibilino, menos adulta y, en consecuencia, menos libre. Pero yo, como casi todos, no estoy dispuesta al sacrificio que supone un cambio que, en todo caso, sería lento y muy, muy costoso. Para todos.
Podría fingir que mis alumnos lo necesitan, que es la única manera, que son demasiado pequeños, que para ser libres en el futuro necesitan ser guiados en el presente. Podría incluso creérmelo. Pero yo sé que, en realidad, como los suicidas, prefiero dejarme llevar por la corriente hasta el punto de partida, que no soy capaz de nadar contra la ola. Que he vendido mi alma al diablo.
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