Las aladas almas de las rosas
Carmen no llegó a cumplir 20 años, y yo ya he cumplido los 40, ¡qué cosas!
La recuerdo menuda, dulce, alegre y responsable. Yo era su amiga en los tiempos de las amigas del alma, cuando se cambian los juegos por conversaciones eternas en las que descubrimos, sorprendidos, cuánto podemos llegar a tener en común con los demás. Como sólo le llevaba tres días, elucubrábamos con la posibilidad de que el horóscopo tuviera algo que ver con nuestras similitudes. Al fin y al cabo, la época de los cuentos de hadas no nos quedaba aún tan lejos. Ella había nacido el mismo día que mi madrina, esa que también murió prematuramente una primavera, cuando yo tenía tres meses. Y, como para darle la razón a los horóscopos, tuvo una ahijada con un nombre como el mío. Una niña que hoy será ya jovencita, y que tendrá esa imagen mítica de su madrina construida más con los silencios que con las palabras, más con el cariño que con los recuerdos, porque hay temas demasiado dolorosos para hablar de ellos aunque estén siempre presentes.
Juntas pasamos de la bicicleta al coche, del instituto a la universidad, de la casiinfancia a la casijuventud. Y nada más. O sí. Porque siempre tuve un recuerdo para ella en lo que después pude vivir y ella ya no: en mi aventura como Erasmus, en mi licenciatura, al conseguir el trabajo, en las bodas de las amigas comunes y en los nacimientos de sus primeros hijos. Y, por supuesto, en todos los cumpleaños que yo llegué a vivir y ella no. Fue en un cumpleaños cuando, de repente, me di cuenta de que llevo en este mundo ya más del doble del tiempo que ella pasó aquí.
Así que hoy, más de veinte años después, pienso por fin que hay algo sólido debajo de las arenas movedizas de la vida. Y aunque no sea yo muy aficionada a los tópicos ni a los sentimentalismos, tengo que reconocerlo, hay sentimientos que superan, incluso, a la muerte.
Supongo que en el universo no hay demasiada diferencia entre 20 u 80 años. Menos de 20 años son suficientes para cumplir con un propósito de vida y dejar tu pequeña o gran huella en el mundo. Y sin embargo, sigue siendo difícil asimilar que alguien pueda no llegar a acabar la universidad, a vivir los primeros viajes con las amigas, las bodas, los nacimientos, la alegría de cumplir 40 años y seguir viva. Es cabreante, injusto, doloroso, inaceptable, aun sabiendo que dentro de 20 años, una amiga, una madre, una hermana, tal vez incluso alguna profesora, todavía tendrán presente a esa casi mujer menuda, dulce y responsable que algún día tuvieron el honor de llegar a conocer.
Vuelve a ser primavera, y sin embargo, el mundo está nublado. Yo también.
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

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