Family matters

Irène Némirovski ya me fascinó con El baile, por su sensibilidad en el análisis psicológico, su agudeza en la captación de las relaciones humanas, su sutileza en la expresión y esa combinación que parecería imposible entre elegancia y crudeza.

Ahora estoy empezando a leer Suite Française, y vuelvo a encontrarme, en forma aun más intensa que en aquella novela corta, esos mismos ingredientes. La novela retrata, en lo que llevo leído, la llegada de la guerra a unos parisinos estupefactos, que no acaban de asimilar si lo que les pasa es real o están viviendo algún tipo de ficción extraña: Chaude, pensaient lees parisiens. L'air du printemps. C'était la nuit en guerre, l'alerte. Mais la nuit s'efface, la guerre est loin, comienza la novela. Je ne puis croire que cela soit RÉEL, dice un atónito M. Péricand un poco más adelante.

Nous souffrirons tous dans notre coeur car les malheurs publics sont faits d'une multitude de malheurs privés, et c'est le seul cas où, pauvres ingrats aveugles que nous sommes, nous avons conscience de la solidarité qui nous lie, nous membres d'un même corps.

De todas las desdichas privadas que componen el dramático fresco expuesto en la novela, me quedaré hoy con una familia burguesa, respetable y profundamente católica: los Péricand. En ella, como en toda familia católica que se precie, juega un papel fundamental, por supuesto, la Madre, que será también la perspectiva escogida por el narrador en 3ª persona para enfocar las desventuras de la familia, y que (como la de El baile, como la madre real de Irène) resulta un personaje profundamente antipático. En el capítulo que acabo de leer, Charlotte Péricand comparte algunas viandas con otra de las familias que huyen de la guerra, e incluso adoctrina a sus hijos más pequeños en esa caritativa costumbre de compartir. Pero la caridad cristiana tiene también algo de hipócrita, en la medida en que no responde, en el fondo, a una exigencia de justicia social, sino a una generosidad individual, a la donación voluntaria de lo que, por derecho y por justicia, el católico considera suyo. Esa voluntariedad de la caridad cristiana la dota de una arrogancia contradictoria con la supuesta bondad que tanto enorgullece a los que la practican: Elle éprouvait un sentiment de satisfaction en se voyant à la fois si comblée de richesses de toute sorte e si charitable! Cela faisait honneur à sa prévoyance et à son bon coeur. Y su “buen corazón” no resistirá la gran prueba. Poco más tarde, Mme Péricand descubre que las tiendas se han quedado sin comida. Así que cuando ve a sus hijos, con la lección aprendida, repartiendo alegremente las golosinas que les quedaban, les reprende y les castiga por lo mismo que antes había elogiado. La charité chrétienne, la mansuétude des siècles de civilisation, tombaient d'elle comme des vains ornements révélant son âme aride et nue. Ils étaient seuls dans un monde hostile, ses enfants et elle. Il lui fallait nourrir et abriter ses petits. Le reste ne comptait plus.
Hay algo que me repugna en ese concepto cerrado y excluyente de la familia como “clan”, como entidad sagrada que implica una suerte de justificación del egoísmo, trasponiendo el “yo soy lo primero” a “los míos son lo primero”, y haciendo aparecer como loable algo que desde un punto de vista estrictamente individual o estrictamente universal no justificaríamos en ninguna manera. Aunque parezca un poco exagerado, el grito belenestebiano “yo por mi hija MA-TO” me asusta casi tanto como los nacionalismos que matan por un grupo ligeramente más amplio, o las masacres de los Corleone para vengar al padre o defender un grupo que, por muy “suyos” que fuesen, no dejaban de ser una panda de matones, mientras celebran acontecimientos familiares como bodas, bautizos o presentaciones en sociedad. Sin llegar a extremos tan dramáticos, puestos a poner a la familia por delante de todo, deberíamos ser también más comprensivos con algunas corruptelas políticas o económicas, nepotismos y favoritismos personales varios.

Pero es que, además, esa defensa violenta y enfermiza no es nunca gratuita. Bajo ese manto cultural de protección mutua y unión inquebrantable se esconde, más a menudo de lo que se podría pensar, un inquietante afán de apropiación, además de oscuras batallas de poder y sutiles manipulaciones a las que es muy difícil escapar sin superar la culpabilidad y el remordimiento. Las armas más destructivas están siempre, por supuesto, en manos de los progenitores, pero si el conflicto llega a establecerse con ese fundamento espiritual, casi divino, que representa en nuestras sociedades la figura de la madre, cualquier tipo de sentimiento negativo se convierte en un pecado inconfesable que hay que negar, al mundo y a uno mismo, a toda costa. Y ellas, muchas de ellas, lo saben.

A la altura del siglo XXI, ya va siendo hora de que la familia deje de ser una “institución” con tintes semisagrados, para convertirse en una asociación de personas cualquier otra: seres que la vida o el azar ha puesto en contacto y que establecen, modifican o incluso rompen relaciones en función de sus afinidades, desde la libertad, la igualdad y el respeto a los deseos, necesidades y formas de ser de cada uno. La biología no garantiza, ni tiene por qué hacerlo, un vínculo emocional. Son las afinidades personales, los momentos compartidos, el apoyo sincero y la aceptación las que proporcionan uniones realmente sanas y sólidas, dentro y fuera de la familia como de cualquier otro grupo. La sangre, al fin y al cabo, es individual, y sólo pasa de un cuerpo a otro en las transfusiones. A no ser que seas un vampiro...

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