Purga
Iba a escribir una entrada sobre la exitosa novela de Sofi Oksanen, pero no encontraba las palabras. Entonces descubrí
que un tal JavierBR había escrito ya la mayoría de mis opiniones. Así que, ¿para qué?
Me limitaré a ilustrar algunos apuntes más imprecisos con
cuadros de Marc Chagall, pintor de impresiones que vino de Bielorrusia, un país con una historia paralela a la de aquel en el que se desarrolla la novela.
Inevitable acordarse de los primeros hermanos bíblicos ante
la envidia de Aliide hacia Ingel por el amor de Hans. Y establecer un paralelismo con
las luchas y rencores silenciosos que, en el libro como en la vida, se
establecen entre compatriotas en situaciones de guerra y represión.
Tal vez Zara le proporcione a Aliide una oportunidad de
redimirse de sus culpas. Tal vez Aliide sea la oportunidad de Zara para
redimirse de las suyas. Tal vez las dos cosas. Tal vez ninguna.
Aliide Truu miraba fijamente a la mosca y
ésta le devolvía la mirada. Aquellos ojos globulosos le provocaban náuseas. Era
una moscarda excepcionalmente grande, ruidosa, ansiosa por poner los huevos.
Mientras aguardaba colarse en la cocina, se frotaba las alas y las patas sobre
la cortina, como preparándose para comer. Buscaba carne, sólo carne. Las
mermeladas y el resto de conservas estaban a salvo, pero la carne no. La mosca
esperaba. Esperaba a que Aliide se cansase de intentar cazarla, saliera de la
habitación y abriese la puerta de la cocina. El matamoscas se estrelló contra
la cortina,que se agitó, las flores de encaje se arrugaron y los claveles de
invierno quedaron a la vista por un momento a través del cristal, pero la mosca
escapó y fue a posarse desafiante en la ventana, justo encima de la cabeza de
Aliide. ¡Paciencia! Necesitaba calma para mantener la mano firme. […]
Ya
llevaba más de una hora intentando matarla, pero ella salía airosa de cada
golpe y ahora volaba cerca del techo con un fuerte zumbido. Era una moscarda
asquerosa, crecida en la alcantarilla. La dejó por un momento. Descansaría un
poco, después la mataría y más tarde iría a escuchar la radio y preparar
conservas.
Ya
llevaba más de una hora intentando matarla, pero ella salía airosa de cada
golpe y ahora volaba cerca del techo con un fuerte zumbido. Era una moscarda
asquerosa, crecida en la alcantarilla. La dejó por un momento. Descansaría un
poco, después la mataría y más tarde iría a escuchar la radio y preparar
conservas.
. Letonia
Impresionante la historia de este país que, como
Bielorrusia, como las protagonistas de la novela, casi nunca pudo ser él mismo,
víctima de un sometimiento cíclico a diferentes botas.
Aliide sabía lo que se sentía cuando tu único
deseo es escapar […] Tal vez la historia de la muchacha fuese igual de simple.
Pero tenía que desembarazarse de ella, no quería que los mafiosos volviesen.
¿Qué podía hacer, pues? Tal vez nada. Si nadie iba a echarla de menos, quizá
pudiese limitarse a cerrar las tomas de aire del cuartucho. Le iba a estallar
la cabeza. Las cortinas flameaban con desesperación, los ganchos tintineaban,
la tela se sacudía. El crepitar del fuego había cesado, el tictac del reloj
había sido silenciado por el viento. Todo se repetía.
Aunque el rublo se había
convertido en corona, aunque los vuelos militares que la sobrevolaban habían
ido a menos y las mujeres de los oficiales ya no hablaban tan alto, aunque
desde los altavoces del Pitkä Hermann sonaba sin cesar el himno de la
independencia, siempre había una nueva bota de cuero curtido al cromo, siempre
llegaba una bota nueva, igual o diferente, pero que siempre pisaba la garganta
del mismo modo.





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