Leola y sus amores

¿Con qué tema iba a quedarse una soltera empedernida, heterosexual y de treinta y bastantes, sobre otra chica inquieta e independiente, como Leola, sino con sus amores? Curiosamente, unos meses antes de esta lectura, en una conversación con otras quasi solteronas del siglo XXI (singles, en la ya no tan moderna terminología de Jasps y generación X), establecimos la “teoría de las tres fases” para agrupar nuestros ya variados amores, amoríos, ligues, coqueteos o simples sueños sentimentales. Y hete aquí que la protagonista de esta novela, una single del siglo XII, resulta tener… ¡tres amantes!
En el principio de los tiempos, aunque fascinadas por algún guaperas con moto o Peugeot 205, las que no éramos la Tía-Buena-de-la-Clase nos conformamos con un primer amor al estilo de Jacques: ingenuo y esperanzado, cercano, casi una amistad con derecho a más o menos roce, con el que planeábamos en conversaciones interminables un futuro que perpetuaría lo que ya conocíamos. Mujeres hay que se han quedado con alguno de estos primeros amores: las que yo conozco irradian hoy complicidad y respeto, y han alcanzado un envidiable equilibrio entre su familia, sus trabajos y la atención a sus intereses o amistades individuales. A otras, la vida o, más frecuentemente, nuestras inquietudes aventureras, nos han separado de aquellos primeros amores, y a veces, como Leola, al volver al pueblo en el que nacimos, los reencontramos, calvitos y panzudos, convertidos en felices, leales y sensatos padres de familia. Entonces pensamos que, sí, éste fue el mejor hombre de nuestra vida, pero nunca podríamos sentir por él más que esa ternura fraternal que nos invade al reencontrarlos. Nos alegramos, sinceramente, por él y por su familia, pero también por nosotras, y nos reconciliamos con nuestro presente solitario y nuestro pasado itinerante.
Frida Kahlo: Diego y yo
Ese pasado incluye la oscura fase de los amores teñidos de fascinación. Ávidas por descubrir el mundo, la vida y sus más profundos secretos, nos entregamos sin reservas al hombre misterioso que creíamos capaz de poseer la clave de todas las cosas. Un hombre al que encontramos superior y fascinante, y que puede concretarse en diferentes modelos: para Leola, fue Gaston, el alquimista (y antes, su ambigua atracción por fray Angélico, o incluso por Dhuoda). Para otras, dependiendo de las inquietudes de las interfectas, puede ser el intelectual que deslumbra con sus conocimientos de filosofía, historia, política o arte; o el sensible atormentado por un profundo y oscuro dolor que no alcanzamos a comprender; o el vividor independiente, sociable y decidido con una aplastante seguridad en sí mismo; o el maduro interesante y autosuficiente que ya lo sabe todo de la vida; incluso, para algunas, el joven acomodado que hace regalos deslumbrantes y paga viajes fabulosos. A menudo, varios de ellos. Todos, como Gaston, fray Angélico o Dhuoda, son ególatras y traicioneros. Las mujeres que se quedan con estos hombres se convierten en el modelo “esposa-fan”: admiradoras infatigables, los escuchan embobadas y se aprestan a proporcionarles todas las comodidades materiales y cotidianas que resultan demasiado prosaicas para un hombre de tal magnitud. Adoptan el modo de vida, los gustos, hábitos, aficiones e incluso ideas políticas de sus Amados, por diferentes que fueran éstos a los suyos, y pierden fácilmente el contacto con las viejas amistades, diluyendo su personalidad a la sombra del Gran Hombre.
V. van Gogh: La siesta
Las más afortunadas, como Leola, llegamos a descubrir la vacuidad de tales personajes. En un arranque de coraje y decididas a mantener nuestra identidad, nos lanzamos a la búsqueda de algo más auténtico. Empiezan a atraernos los hombres que son, como León, simple y llanamente “buenos hombres”. Sencillos, cercanos y generosos, más o menos vapuleados por la vida, como nosotras, estos hombres no fascinan a la primera: Leola se enamora poco a poco del Herrero, y no llegan a concretar su relación hasta que descubren aquello que les avergüenza: la epilepsia de uno, las cicatrices de la otra… Porque aquí ya no valen idealizaciones: los aceptamos, y nos aceptan, con virtudes y con defectos; nos aportan, y les aportamos, confianza, consuelo y compañía. El único hombre con el que una mujer que ha recorrido las tres fases podría tener un hijo, como Leola al adoptar al gigantón Guy; o algo parecido a una familia, como la que forman Leola, León, Guy, Nyneve, y los demás. Porque con ellos creamos un mundo que integra el nuestro y el suyo, sin renuncias ni concesiones que nos anulen o nos impidan ser, finalmente, nosotras mismas.
No sé muy bien hasta qué punto puede generalizarse este periplo sentimental. Puede que haya gente estancada en alguna de las “tres fases”, que nos hayamos saltado alguna o que nos esperen todavía una o dos más: quizá una soledad serena, tal vez la perfección asexual de Avalon. Del futuro lo único que sabemos a ciencia cierta es que, pase lo que pase, los libros que leamos nos seguirán contando nuestra propia historia.

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