Cuestión de género


Pensar que el significado lingüístico se crea por la asociación de uno o varios sonidos con una imagen que representa una realidad cualquiera viene a ser como estar en las cavernas del conocimiento de la lengua. Los mecanismos que generan el significado siguen siendo misteriosos en una gran medida, pero si algo hemos llegado a saber después de 25 siglos (como mínimo) de análisis gramatical y lingüístico, es como NO funcionan las cosas. Bueno, saber, saber, lo que se dice saber, lo saben sólo algunos. Desde luego, no los que elaboran guías del lenguaje no-sexista o reclaman de la RAE que nos diga cómo tenemos que hablar.
El error, en aquella prehistoria de la ciencia lingüística en la que algunos y algunas pretenden quedarse, fue darle a las categorías gramaticales nombres que también se asocian a realidades extralingüísticas. “Masculino” y “femenino” no tienen nada que ver con los genitales de los objetos que designan las palabras que los sufren, como bien prueban todas aquellas que designan cosas, ideas, procesos, deseos o sentimientos, y algunas más (mosquito, rata, jirafa, rinoceronte... ¿es que nadie va a reclamar los derechos de la mitad de sujetos supuestamente omitida cuando hablamos de estas especies?). Los sujetos y sujetas que así lo crean, para ser coherentes, deberían hacer lo mismo con otras categorías; por ejemplo, deberían empezar a decir que la tierra “giró, ha girado, giraba, gira y girará” alrededor del sol. Porque, en esa visión de las cosas, el presente gramatical oculta y silencia millones de años de acción sustituyéndola por el breve instante en que se dice. Y eso sería, naturalmente, falsear la realidad.
Hoy sabemos, algunos, que “se dice más de lo que se comunica”. Si un compañero al que no conozco mucho me dice “Mi hijo está leyendo Crepúsculo”, lo que yo entiendo viene a ser, como mínimo, algo así: “este que te habla tiene un hijo que sabe leer, y que por tanto tiene más de 6 o 7 años. Hay un libro que se titula Crepúsculo, y el hijo de mi interlocutor lo está leyendo estos días”. No hace falta que me dé toda esa información: es más, si me la diera, pensaría que me está tomando por tonta y me sentiría insultada. El lenguaje utiliza una serie de mecanismos que permiten simplificar los mensajes lo suficiente como para que nuestra memoria y nuestra atención sean capaces de procesarlos. Afortunadamente.
En el caso del género, en ciertos casos (muy limitados en relación a la extensión de la categoría) se aprovecha una categoría gramatical para transmitir información sobre el mundo extralingüístico. Y se aprovecha asociando UNO (solo uno) de los términos (el femenino gramatical) con un género natural (el femenino). El otro (el masculino gramatical) queda como genérico. Y como el lenguaje humano tiene mecanismos suficientes para generar significados mediante lo que se llama “inferencia”, el masculino natural se genera mediante esos mecanismos. Al menos, en los hablantes competentes.
La palabra “alumno” nunca, en ningún caso, significa por sí misma “persona que aprende algo transmitido por otra y que además tiene pene”. Afirmar eso es como decir que la palabra “mi” del ejemplo anterior significa “que tiene una relación familiar con el hablante”. No es verdad. “Mi” solo te dice: lo que viene ahora es algo que tiene relación conmigo. Después, la palabra “hijo” es la que concreta el tipo de relación. Si cambio la palabra por “coche”, “pueblo” o “futuro” la relación será completamente diferente.
Con “alumno” pasa algo similar. Al escuchar o leer la frase “cuando un alumno obtiene buenos resultados, el profesor se siente satisfecho” ningún oyente competente de español va a asociar las palabra “alumno” con un ser humano de sexo masculino (insisto, un hablante “competente”), porque la palabra no significa eso. Sí lo entiende cuando escucha “Me he encontrado con un alumno”. Pero ahí, como en el caso anterior, el significado “de género masculino” no está, se infiere. Se infiere porque usamos el lenguaje rigiéndonos por un principio de cooperación (como demostró Paul Grice en el año 1975). Una de las máximas que establece ese principio es que el hablante siempre da la información pertinente, solo la pertinente pero TODA la pertinente. Y resulta que, vaya usté a saber por qué, el sexo es pertinente para los castellanohablantes. Así que, si me interlocutor no utiliza el femenino pero el contexto me dice que esa palabra tiene un referente concreto, estoy obligado a creer que el sujeto del que se me habla tiene sexo masculino. Claro que para eso necesito una cierta edad mental; no sé muy bien a qué edad los sujetos empiezan a ser capaces de realizar este tipo de inferencias, que no es que sean las más complicadas, oye, pero... nadie nace sabido.
Otro ejemplo. Estamos hablando de los recortes y de la situación económica europea y alguien dice: “En España hay menos profesores que...”. En mi cabeza de hablante competente (vuelvo a insistir: competente) entra el colectivo completo, machos, hembras y posibles hermafroditas, si los hubiere. ¿Por qué debo considerar que la palabra “profesores”, así, en masculino, tiene un significado diferente en “En España hay menos profesores que profesoras”? No, señor, las palabras no cambian su significado a gusto del reivindicador de turno. Es la COMBINACIÓN de palabras la que permite al oyente INFERIR (es decir, percibir como comunicado aunque no te lo hayan dicho) que tiene que excluir a las mujeres del primer sustantivo.
Así que, cuando escuchamos expresiones del tipo “alumnos y alumnas”, “profesores y profesoras”, los hablantes competentes realizamos en nuestras exhaustas mentes las siguientes operaciones:
  1. Escucho “alumnos” y me imagino un colectivo variado de personas que se dedican a aprender algo guiados por otra
  2. Escucho “Y” y me preparo a escuchar la adición de algún otro colectivo relacionado (los profesores, los padres, algún otro colectivo profesional)
  3. Suena “alumnas”, eso me obliga a volver atrás y restar del primer “alumnos” a los miembros de género femenino.
  4. En el camino de vuelta me encuentro con otra vez con la conjunción y sumo a los miembros de género femenino.
Pero lo más gracioso es que aun no me han dicho nada, y después de toda esa actividad mental vuelvo a estar en el punto 1. Todavía me quedan por hacer tooooodas las operaciones que exigirá descodificar un mensaje medio cualquiera: identificar unidades y relaciones, asignarles referentes, relacionarlas de nuevo, interpretar, jerarquizar... ¡Si es que hay que ser muy malo para andar poniendo, aun encima, más trabas!
Pero si todo esto parece ya de por sí bastante ridículo, todavía hay más. Resulta que el principio de cooperación es inviolable, así que si alguien no respeta alguna de las máximas el oyente, automáticamente, reinterpreta lo dicho. En este caso se violan dos, porque se da más información de la necesaria y se dice algo que no es pertinente. Así que el oyente, como está obligado a suponer que el hablante está cooperando y no poniéndole las cosas difíciles, tiene que reinterpretar algo. Si "alumnos", en la forma natural del idioma, significa esto:



Con “alumnos y alumnas” deben estar insinuando algo diferente. Todos reinterpretamos algo, seguro. En mi caso, la representación que se forma en mi cabeza viene siendo algo así:



Y claro, a mí, que soy feminista convencida y radical, esta última imagen no me gusta nada, nada, nada (reinterpreten ustedes la repetición).

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