El hilo invisible

Ella nunca va a dejarle. Él nunca va a dejarla. Estarán juntos hasta que la muerte los separe.
Se inventarán mil excusas externas para justificar su decisión. Los niños, los padres, la casa, la familia… Todo para no reconocer, ante el mundo pero sobre todo ante sí mismos, que no pueden renunciar a su relación. Que es precisamente ese punto sadomasoquista, casi autodestructivo, lo que les mantiene atados a una pareja aparentemente sin futuro.
El cristianismo, el romanticismo y el psicoanálisis han hecho mucho daño. Han convertido en héroes a todo tipo de sufridoras y sufridores. Sufrir por dios, por la familia, por el amor, por la existencia o por vete-tú-a-saber-qué-trauma-del-pasado convierte a cualquiera en un personaje trágico, heroico, importante. Debe de ser adictiva esa sensación.
Así que esas parejas, aparentemente desgraciadas, están unidas por un hilo invisible hasta que la muerte los separe. No pretendas entenderles. Se lamentarán, de forma agónica e incomprensible, durante horas, días, semanas, años y décadas. Convertirán al resto del mundo en testigos (si mantienes la distancia) o incluso en pretendidos verdugos (si estás cerca). Pero nadie tiene la culpa. En realidad, no son desgraciados. O sí, pero es que justamente eso, desgraciados, es lo que quieren ser.
No los compadezcas a ellos. Compadécete de ti mismo.

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