No sin mis amigos
A veces, especialmente cuando se van cumpliendo años, la alegría hay que pelearla. Incluso fingirla, porque las cosas pueden ir tanto de dentro afuera como de fuera adentro.
Los viejos amigos, esos compañeros de batallas y de risas juveniles, son una buena ayuda. Siempre que consigas cambiar el centro de interés, apartar las conversaciones sobre hijos y padres y retomar las bromas en la cafetería, las confidencias personales, el asesoramiento sobre vestidos, bolsos y complementos. Volver a ser nosotras, las amigas, al margen de la familia, de la salud, del estrés, de la economía cotidiana y hasta de los líos sentimentales.
Recordar que seguimos ahí, que nos tenemos unos a otros. Que puedes comprar tus muebles en Ikea porque habrá amigos que vengan a montarlos a cambio de una cerveza. Que hay un bar a veinte minutos de tu casa en el que podrás encontrarlos si te sientes sola. Que no nos emborracharemos en casa para ir a ligar a Churruca, pero sí para seguir dándonos compañía, afecto... y apoyo (a veces hasta sin saberlo).
Comentarios