El tiempo y las huellas digitales


 
Chema Madoz
La otra noche, me cuenta Alejandra Adoum, la madre de Alina se estaba preparando para salir. Alina la miraba, mientras la madre, sentada ante el espejo, se pintaba los labios, se dibujaba las cejas y se empolvaba la cara. Después la madre se probó un vestido, y otro, y se puso un collar de coral negro y una peineta en el pelo, y toda ella irradiaba una luz limpia y perfumada. Alina no le quitaba los ojos de encima
-- Cómo me gustaría tener tu edad--dijo Alina.
-- En cambio yo... -- sonrió la madre-- yo daría cualquier cosa por tener cuatro años, como tú. 

Aquella noche, al regreso, la madre la encontró despierta. Alina se abrazó fuertemente a sus piernas.
--Me das mucha pena mamá -- dijo sollozando.
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Yo nací y crecí bajo las estrellas de la cruz del sur.
Vaya donde vaya, ellas me persiguen. Bajo la cruz del sur, cruz de fulgores, yo voy viviendo las estaciones de mi suerte.

No tengo ningún dios. Si lo tuviera, le pediría que no me deje llegar a la muerte: no todavía. Mucho me falta andar.
Hay lunas a las que todavía no ladré y soles en los que todavía no me incendié. Todavía no me sumergí en todos los mares de este mundo, que dicen que son siete, ni en todos los ríos del paraíso, que dicen que son cuatro.

En Montevideo, hay un niño que explica:
- Yo no quiero morirme nunca, porque quiero jugar siempre.

Eduardo Galeano: El libro de los abrazos.

El Bosco: El jardín de las delicias

 

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