Le vieux garçon
Hace unos años, a la vuelta de unas vacaciones de Navidad, harta de vivir 24 horas al día rodeada de gente por dos o tres semanas, compartí en facebook este vídeo y este comentario: "souvenirs, frigo inhabité, des chemises qui rebondissent dans mon salon,
fobie du lendemain, se la couler douce... retour a la vie de vieille
fille!!!"
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Y aquí estamos, seis años después, con algunos libros menos en casa pero con une femme de ménage qui ne vient qu'une fois par semaine. Cada vez más cerca de ese vieux garçon que podría ser mi alma gemela si no fuese por
La canción me reconcilia con mi vida. En más de veinte años viviendo sola, la soledad ha sido más veces un refugio que una carga. Llegar a mi apartamento desordenado, acogedor y silencioso después de unas navidades de convivencia intensiva es uno de los mejores momentos del año. La soledad refugio de mi covacha frente a la soledad hiriente de una compañía intensiva e invasiva.
Vivir lejos tiene sus ventajas la mayor parte del año, pero obliga a convivencias ininterrumpidas en las que es difícil encontrar un espacio propio.
Y ahora, finalmente, tendré mi espacio. Más propio que nunca, el sentido ortodoxo y legal de la propiedad, pero todavía no sé haste qué punto conseguiré hacerlo mío. Estará vacío, y habrá que llenarlo de vajilla, de envases vacíos, de libros, cuadros y regalos, de recuerdos (no de fotos, nunca pongo fotos mías en casa), de ropa, de música, de nostalgias y esperanzas, de escobas, de aromas a potaje y a alegría y de invitaciones a gente... que no altere demasiado el decorado (ni tampoco mi vida de vieille fille).
Aunque lo de que me ayuden a soñar mejor se ve un poco difícil. Tal vez se lo tenga que pedir a Sán Nicolás.
Aunque lo de que me ayuden a soñar mejor se ve un poco difícil. Tal vez se lo tenga que pedir a Sán Nicolás.
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