¡Mentira!

En un enfoque constructivista como el nuestro, la noción de mentira no tiene mucho sentido. Toda la realidad es una construcción, en parte percibida y en parte negociada. Puede que haya una verdad ahí fuera, como decían en Expediente X, pero es tan inaccesible que apenas merece la pena pararse a pensar en ella.
Hay una edad, más o menos hasta los cuatro o cinco años, en la que los niños no mienten. El lenguaje es, en ese estadio fundacional, un medio para compartir y negociar: el niño elige el mensaje que más se acomode a sus objetivos y a sus relaciones, y se la trae al pairo la relación del tal mensaje con una supuesta realidad cuya relación con el lenguaje aun no tiene muy clara.
Es después, cuando aparece la función del lenguaje como representación, cuando comenzamos a entender el concepto de "mentira" como una disociación entre la realidad transmitida y la realidad percibida. La disociación puede ser noble, como en el arte, donde ambos interlocutores dan por sentado que nadie tiene por qué haber percibido eso tal y como se está expresando; o innoble, cuando alguien pretende transmitir como realidad percibida algo que cree que no lo fue. 
Entre ambos extremos, un montón de puntos intermedios que complican nuestro mundo y nuestras relaciones: mentiras piadosas, mentiras a uno mismo, mentiras necesarias, interesadas o desinteresadas, tranquilizadoras o hirientes, mentiras con las patas cortas, mentiras en cadena, verdades a medias, posverdades... Mentiras que elegimos creer y verdades que elegimos no creer. En un enfoque constructivista como el nuestro, la noción de verdad no tiene mucho sentido.


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