Realidad y certeza

No sé si a alguien se le habrá ocurrido analizar el Quijote en cuanto a las relaciones entre discurso (percepción mediada de la realidad) y experiencia (percepción directa de la realidad).

Cuando el ilustre caballero se crea a sí mismo al comienzo del libro, su realidad es resultado de un solo discurso, el discurso literario de los libros de caballería, pero tiene una seguridad absoluta en el mundo que habita ("Yo sé quién soy", "así es la verdad"). Una verdad feliz y esperanzada, que promueve la acción, la lucha y la sorpresa, y que se impone contra viento y marea a la experiencia y al discurso de los otros personajes.

Según avanza la obra, la certeza (y la lucha consecuente) va perdiendo enteros. No por obra del discurso de los otros, que se va volviendo progresivamente mentiroso y literario, sino en virtud de la experiencia misma. El caballero pasa gran parte de la segunda mitad de la obra en un desasosegante no-saber, desorientado entre su propia experiencia y un conjunto de personajes empeñados en que siga viviendo en el engaño ("¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero?"). Ese contraste entre la experiencia y un discurso engañoso provoca ahora duda, incerteza y desengaño, y va dejando en don Quijote, y también en el lector, un poso creciente de amargura.

Pero no siempre es así. También puede haber una conciencia de la realidad liberadora. Tal vez haya una lucha más potente: no la lucha contra la realidad, sino la lucha por una realidad diferente:

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