Cumplir años tan cerca del cambio oficial de año puede ser un poquito agobiante. En menos de un mes se acumulan las revisiones del año (y la edad) que acaba y las visiones, más o menos optimistas o pesimistas, del año (y la edad) que empieza. Releo ahora mis entradas de diciembre pasado y descubro allí, algo encriptadas quizá, las claves que me han traído a este diciembre descreído.
A mediados de agosto, en una de esas tardes verinesas en las que la singularidad me empuja a la reflexión, describí mis últimos meses como una montaña rusa. Así había sido hasta entonces y así continuó hasta ahora, subiendo y bajando vertiginosamente, a diferentes ritmos.... hasta detenerse. Y detenerse, naturalmente, abajo. Porque las vueltas en montaña rusa no pueden acabar arriba, o nos caeríamos al salir. Y tampoco se puede vivir en una montaña rusa, el corazón no lo resistiría. Así que no queda otra. Esperar a que pare a ras de suelo y salir, con el susto en el cuerpo y el corazón palpitante, pero con los pies en la tierra. Más vieja, más sola, más escéptica, más vulnerable, pero tal vez más sabia.
Y el día de hoy, para más inri, amaneció lluvioso y oscuro. El más lluvioso y oscuro de lo que va de mes. Si la naturaleza enviase señales...
Allá por los últimos años del siglo pasado, cuando aun parecía que la naturaleza enviaba señales, los cambios importantes de mi vida siempre ocurrían en año bisiesto. El 84, al instituto. El 88, a Santiago. El 92, a Francia. El 96, a Vigo. Así que me empecé el siglo pensando que algo bueno ocurriría. Pero no. No fue especial el 2000, ni el 2004, ni el 2008... sí lo fue (moderadamente) el 2012, y volvió a ser plano el 2016. No hay nada que esperar del 2020. Cambiaré, muy probablemente, de trabajo, pero no será más que una vuelta atrás. Es lo propio. Es la edad de empezar a mirar atrás. De resignarse. Finalmente, resulta que lo mejor era aquello. Que no puedes aspirar a nada que no tuvieras en el 2000. El viaje del héroe: partir para volver, curtido en mil batallas.
A mediados de agosto, en una de esas tardes verinesas en las que la singularidad me empuja a la reflexión, describí mis últimos meses como una montaña rusa. Así había sido hasta entonces y así continuó hasta ahora, subiendo y bajando vertiginosamente, a diferentes ritmos.... hasta detenerse. Y detenerse, naturalmente, abajo. Porque las vueltas en montaña rusa no pueden acabar arriba, o nos caeríamos al salir. Y tampoco se puede vivir en una montaña rusa, el corazón no lo resistiría. Así que no queda otra. Esperar a que pare a ras de suelo y salir, con el susto en el cuerpo y el corazón palpitante, pero con los pies en la tierra. Más vieja, más sola, más escéptica, más vulnerable, pero tal vez más sabia.
Y el día de hoy, para más inri, amaneció lluvioso y oscuro. El más lluvioso y oscuro de lo que va de mes. Si la naturaleza enviase señales...
Allá por los últimos años del siglo pasado, cuando aun parecía que la naturaleza enviaba señales, los cambios importantes de mi vida siempre ocurrían en año bisiesto. El 84, al instituto. El 88, a Santiago. El 92, a Francia. El 96, a Vigo. Así que me empecé el siglo pensando que algo bueno ocurriría. Pero no. No fue especial el 2000, ni el 2004, ni el 2008... sí lo fue (moderadamente) el 2012, y volvió a ser plano el 2016. No hay nada que esperar del 2020. Cambiaré, muy probablemente, de trabajo, pero no será más que una vuelta atrás. Es lo propio. Es la edad de empezar a mirar atrás. De resignarse. Finalmente, resulta que lo mejor era aquello. Que no puedes aspirar a nada que no tuvieras en el 2000. El viaje del héroe: partir para volver, curtido en mil batallas.
Yo me arrojé cual rápido cometa,
en alas de mi ardiente fantasía:
doquier mi arrebatada mente inquieta,
dichas y triunfos encontrar creía.
en alas de mi ardiente fantasía:
doquier mi arrebatada mente inquieta,
dichas y triunfos encontrar creía.
Yo me lancé con atrevido vuelo
fuera del mundo en la región etérea,
y hallé la duda, y el radiante cielo
vi convertirse en ilusión aérea.
fuera del mundo en la región etérea,
y hallé la duda, y el radiante cielo
vi convertirse en ilusión aérea.
[…]
¡Oh! cesa; no, yo no quiero
ver más, ni saber ya nada:
harta mi alma y postrada,
sólo anhela descansar.
En mí muera el sentimiento,
pues ya murió mi ventura,
ni el placer ni la tristura
vuelvan mi pecho a turbar.
ver más, ni saber ya nada:
harta mi alma y postrada,
sólo anhela descansar.
En mí muera el sentimiento,
pues ya murió mi ventura,
ni el placer ni la tristura
vuelvan mi pecho a turbar.
J. de Espronceda: A Jarifa en una orgía
Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma.
Comentarios