Hace diez años

 Encuentro en mi ordenador este texto, escrito (o modificado) el 30 de diciembre de 2010, y que probablemente en su momento no tuve agallas de publicar. Es cierto, la vida siempre te da señales.

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Yo, es que es oír la palabra “familia”, oye, y lo primero que se me viene a la cabeza es El Padrino.

 

Y sin embargo, no puedo evitar la sensación (tal vez equivocada, ojalá) de que en este entorno en el que vivo todo te empuja a formar parte de un “núcleo familiar” en el sentido más ultracatólico del término. Es decir, en plan “Sagrada familia”, con su mamá, su papá y sus niños unidos hasta que la muerte (o el matrimonio) los separe. Y así, si no estás casada o no has tenido hijos, la gente se dirigirá a ti como si formaras parte del Núcleo Familiar de tus padres, como si su casa fuese tu verdadera casa y tú fueses una especie de “estudiante”, un adulto inmaduro o a-medio-hacer que “tiene que” estar fuera pero está deseando volver “a casa” a la primera de cambio. Son pequeños detalles, expresiones inocentes, quizá incluso impresiones personales producto de la paranoia navideña. Pero no puedo evitar tener esa sensación, emparanoiarme, ahogarme, sentir, una vez más, que el mundo no me ve como verdaderamente soy. Y sentir, y esto es lo peor de todo, que no puedo reaccionar, que estoy cediendo a una visión del mundo que no es la mía, a unos valores que no son los míos. Que estoy disfrazando mi verdadera personalidad con los ropajes del convencionalismo, del “no hacer daño” y la “no polémica”. Tal vez fingiendo ser una persona normal, porque tal vez el mundo se espantaría si conociese algunos de mis no-sentimientos.

Es por esto que la Navidad me da claustrofobia, me ahogo, tengo palpitaciones, me gustaría estar en otro mundo, en Australia quizás, en un sitio donde pudiera declararme Individuo Independiente, Misántropo, Huraño y Solitario. Un casi-robot, egoísta y autocomplaciente, que solo da en la medida en la que recibe. Y volver solo para trabajar.

 

 

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