El río de la vida
Es bastante probable que la vida nos trascienda, y que nosotros, como individuos, no seamos más que un mero instrumento de esas fuerzas poderosas en su evolución hacia una especie más y mejor adaptada en todos los sentidos.
Así funcionan los genes, replicándose de individuo en individuo con pequeñísimas y azarosas variaciones que, a través de siglos y milenios, nos han ido convirtiendo en lo que somos.
Richard Dawkings, bastante antes de que la epigenética enriqueciese nuestro conocimiento de ese funcionamiento, diseñó un modelo explicativo de la evolución cultural basada en unas unidades, los memes, que, en un proceso similar al de los genes, se replicarían a sí mismos introduciendo esas pequeñas variantes que van haciendo cambiar hábitos, conocimientos y sistemas.
En uno y otro caso, hay un flujo de información que está por encima de los individuos, cuyo objetivo es replicarse a sí mismo introduciendo las variaciones mínimas, solo esas imprescindibles para asegurar la supervivencia en un entorno cambiante.
Creo que a nivel emocional se produce algo similar. Asimilamos modelos relacionales y sentimentales que tendemos a repetir... no, no tendemos a repetirlos, más bien los modelos se replican a sí mismos a través de nosotros, por encima de nuestra individualidad, de modo inconsciente y por repetición de lo observado. Tal vez por eso llegan a doler tanto las rupturas de parejas, a menudo más incluso que otras experiencias objetivamente menos llevaderas: porque vimos a nuestros mayores enfrentarse a dificultades económicas, a disputas familiares, a enfermedades, a duelos, a la muerte de sus seres queridos y a sus propias muertes.... pero pocas veces se nos preparó vivencial y experiencialmente para una ruptura de pareja. Una ruptura impensable en tiempos de nuestros abuelos, y traumática en la generación de nuestros padres.
Tan traumática que algunos prefirieron una convivencia tan dañina y dolorosa como la que describe Silvia Congost hacia el final del vídeo Educar desde la relación de pareja. Ella habla de la herencia que dejamos a nuestros hijos, pero yo lo leo también desde la herencia que recibimos a nuestros padres. ¿Cómo afrontar con serenidad una ruptura si tus padres vivieron un infierno para evitarla? El mensaje inconsciente que nos dejaron es que la ruptura es aún peor que esa convivencia asfixiante, castradora e irrespetuosa de la que fuimos testigos.
Pero la vida se replica con cierto margen de mejora. La solución no era, en realidad, escapar de la ruptura bien por evasión bien por mantenimiento de una relación incompleta (ambas opciones asumen, en el fondo, la premisa familiar pareja=condena). La solución es aplicar la ligera mejora que nos deja el margen de variación que tiene toda estructura que se replica. Enfrentar la ruptura y superarla, demostrando al mundo y a nosotros mismos que nuestros padres estaban equivocados, y/o fundar estructuras relacionales basadas en la alegría, el respeto, el cuidado y la felicidad mutua, demostrándoles, quizá, que no es ese modelo de familia la única posibilidad de sentirse querido y cuidado. Eso que nuestros tíos solteros, con su entrega enfermiza y exigente a la familia de origen, tampoco pudieron enseñarnos.
Y así, en ese flujo de vida al que pertenecemos, también nosotros podemos aportar un pequeñito grano de arena, replicar alguna recientísima variante de los memes afectivos que mueven a la humanidad, poco consolidada aún, pero digna de ser tenida en cuenta por las generaciones venideras.
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| Gustav Klimt: El árbol de la vida |

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