En el medio
Nos equivocamos. No tuvimos en cuenta que lo más importante es el contexto.
Los lingüistas lo saben bien. "Hace frío" en una sala con una ventana abierta es una invitación a cerrarla. "Hace frío" como respuesta a "Vamos a dar un paseo" es una excusa para no ir. "Hace frío" al entrar en el ascensor es una simple forma de entablar contacto.
Un mismo conjunto de genes originan órganos diferentes en una mosca o en un ser humano. El mismo mar tiene colores diferentes según la luz del día y la luna muestra diferentes caras según la posición de la tierra y del sol.
También las personas somos contexto. Nuestro entorno nos define más que nuestras aficiones o que nuestro carácter. Dos personas similares, incluso con ingresos similares, pueden pertenecer a esferas socioculturales tan diferentes que no permitan la interconexión.
Yo tengo la suerte de tener un entorno suficientemente variado. En mi mundo hay gente de pueblo, telefonistas y reponedores, autónomos, inmigrantes con acento hispano, profesores que hablan gallego. Solteros, casados, arrejuntados y divorciados. En todo caso, herederos de campesinos, trabajadores y emigrantes que han conseguido mejorar la vida de sus descendientes.
En la clase media del siglo XXI confluyen la clase trabajadora y la clase burguesa de otras épocas. Pero las diferencias entre nosotros no vienen necesariamente de nuestro origen o posición. Vienen más bien de una especie de vocación, de un posicionamiento, más que ideológico, estético o vital. Seguramente todos, en mayor o menor medida, tengamos dificultades para acomodar la atracción por el confort y la elegancia burguesa con la pulsión instintiva y salvaje de las clases populares, en otro tiempo contenida solo (y a menudo aparentemente) por la iglesia. Elegimos un entorno con más o menos componentes de una u otra estética y es eso, en realidad, lo que somos. Pero a veces, en algún punto del camino, aparecen elementos que no conseguimos conciliar y entre los que no podemos elegir.
Y es ahí donde surge el drama.
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