Pequeños (y) grandes héroes

 Se lamentaba una profe en Twitter por tener que comunicar la mala nota de un examen a un alumno. Contesté que tal vez deberíamos esforzarnos más en no darle tanta importancia a los exámenes y las calificaciones numéricas. Claro, supongo que el chaval tiene problemas más gordos que los exámenes. Pero en ese caso, ¿qué soluciona el examen?

Recordé entonces uno de esos grandes momentos que se producen en el aula (y que, casualmente, jamás tienen que ver con las notas). Ocurrió hace como 12 años, en un grupo de refuerza en el que la mitad vivían en casas de acogida y algunos más estaría mejor allí. Leíamos y comentábamos "Rebeldes", de Susan E. Hinton, y llegamos al capítulo en el que, después de salvar al niño en el incencio, los protagonistas aparecen en el periódico:

 Me quedé mirando el periódico. En la primera página del segundo cuadernillo, un titular decía: JÓVENES DELINCUENTES SE CONVIERTEN EN HÉROES.

 -Lo que más gracia me hace es el trozo del «se convierten» -dijo Two-Bit, limpiando el huevo del suelo-. Erais héroes desde el principio; no os habéis hecho de repente.

Yo llamé la atención sobre la expresión de Two - Bit, intentando que dedujeran el sentido. "Imaginad -les dije- Estos chicos viven solos desde niños. Imaginad tener diez, once años y tener que preparar tu propia comida, hacerte cargo de la casa, la compra, la limpieza... todo". 

Y entonces un alumno, un adolescente muy pequeño para su edad, nervioso y problemático en la mayoría de las clases, me interrumpió: 

- Entonces yo soy un héroe. Porque antes, cuando vivía con mis padres, yo tenía que hacer todas esas cosas. 

El nudo de mi garganta no me permitió nada más que balbucear, esforzándome en no mostrar mis ojos vidriosos, algo como: "Sí, claro, tú también eres un héroe". Creo que el chaval creció como cinco centímetros. 

Recordaba esta anécdota, a propósito de aquel twit, camino del trabajo. Tenía que reconocer un error de esos que podía haber disimulado en la esperanza de que nadie se enterase, o posponer el reconocimiento si lo detectaban. Una compañera me dijo "pasa, no se van a enterar". Pero no, decidí ser valiente y decirlo. Y hacerlo, contra mi naturaleza, cuanto antes. Y gané. Y crecí, yo también, cinco centímetros, aunque mis retos sean una ridiculez al lado de los de aquellos chicos. 

Porque en el otro extremo a esos menores abandonados que tienen que afrontar retos casi de supervivencia, estamos los otros, los niños y niñas bien con dificultades para enfrentar nuestros fracasos y limitaciones. 

Los profes tuiteros hablan mucho sobre este tema. Lo achacan a la sobreprotección y se inventan términos tan graciosos como "síndrome de Froilán" o metáforas como "padres helicóptero" o "padres drones". Niños sin problemas de inserción social, de los que pueden viajar al extranjero o ir de colonias en verano, pero que también tienen sus pequeños grandes retos y problemas. Y la escuela, el sistema educativo, también tiene que ayudarles a superarlos. 

Los profes también deberíamos ser, más que examinadores, ejemplos. También tenemos miedos y frustraciones que debemos aprender a gestionar para poder ayudar a que ellos los gestionen.

En mi proceso personal de aprendizaje, que espero que me ayude también a enfrentar con más lucidez las aulas, me pregunto de dónde viene esta falta de resistencia a la frustración. No creo haber tenido unos padres sobreprotectore en absoluto; menos aún mis profesores, que desde luego no se anduvieron jamás con paños calientes (más bien al contrario...). 

Así que está claro que no es suficiente con "no sobreproteger". Y que tampoco se trata de poner retos y dejarlos solos frente a ellos. Está ese delicado punto intermedio en el que enseñamos a gestionar los miedos, los fracasos y las frustraciones sin evitarlos y sin convertirlos en rencor o rabia.

 Y, para eso, hay que trabajar también antes esos aprendizajes en uno mismo. Con pequeñas grandes luchas y pequeños grandes triunfos. Porque lo que está claro es que no se puede dar de lo que no se tiene...

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