De protagonistas y secundarios

En los casos de infidelidad, la protagonista exclusiva es, sin ningún género de dudas, la pareja. La pareja es un espejo, la persona que recoge y devuelve tu identidad más intuitiva, inconsciente, irracional y, por ello mismo, más profunda.

El tercero en discordia rara vez se menciona; es apenas un agente, un accidente, el detonante que pone a prueba a esa pareja o a esas identidades. Así ha pasado, también, en La isla de las tentaciones, donde su papel ha sido, como en la vida real, subsidiario de las parejas protagonistas. Sí, claro, están ahí por dinero, no hay nada real. Pero probablemente tampoco sean muy reales las historias de las parejas, y sin embargo sí se conforma con ellas un discurso creíble, con motivaciones más o menos personales y más o menos coherentes. 

Si en el programa la mayoría de las infidelidades fueron detonantes de la ruptura, eso fue por factores bastante concretos: la edad de los participantes, el hecho de que viniesen con crisis bastante profundas, y la publicidad (ayer alguna de las novias admitió que si la infidelidad no hubiese sido pública, la habría perdonado).  En la vida real, ese resultado no es el habitual. Lo normal es que la infidelidad contribuya a reforzar la pareja protagonista, bien porque la superan, bien porque a alguno de ellos o a los dos les permite distraerse y evitar confrontarse a sí mismos o su realidad como pareja.  El "amante", seguramente por otro tipo de razones, se convierte a sí mismo en un secundario, se subordina a esa pareja a la que no sabe nunca si está retando o sosteniendo. 

: Infidelidad

Hay otros modos de eludir la intimidad, el conflicto y/o el cuestionamiento de estar (emocionalmente) a solas con tu pareja. Frecuentemente, a través de los hijos, parapetándose detrás de ellos en diversas formas, todas, naturalmente, inconscientes e involuntarias. Al escuchar la conferencia que he enlazado, creo que es fue lo que hicieron, seguramente sin querer, mis padres, a través de quejas similares a las que allí se cuentan al principio, pero también después mediante confidencias, insinuaciones, reproches, peticiones e incluso enfermedades. Nosotras, en general, al menos a nivel consciente, supimos mantenernos distanciadas, tanto físicamente como a nivel emocional, pues siempre tuvimos claro que el problema real no era nuestro, y que solo ellos podían solucionarlo, o no. Porque también llegamos a aprender que sus vínculos como pareja, si bien incomprensibles, eran necesarios para ellos. Eran lo que ellos querían ser, pero querían ser ellos con nosotros cerca, a modo de escudo, aunque explícitamente nunca nos reclamaron (quizás porque sabían la respuesta). Y ciertamente, al menos en mi caso, sí tuve que sortear cierta culpabilidad, como una sensación difusa de estar esquivando mis responsabilidades para con mis padres, contra la que me empeñé en luchar. Y que, hasta ahora, creía haber vencido. 

Pero tal vez esos mensajes pasivo-agresivos cumplieron, de alguna manera, su función. Tal vez eso contribuyó, junto a otros factores, a que no quisiera formar otra familia. Tal vez por eso se produjo esa extraña y sorprendente convulsión cuando él murió. Y al mismo tiempo, sin embargo, cuando podía haberme liberado de esa sensación de culpabilidad por no sostenerlos a ellos, paradójicamente me busqué otro matrimonio tras el cual relegarme. Demasiada casualidad para ser casualidad. Tal vez la culpabilidad buscó la manera de purgarse a sí misma a través de mí.

Y volví a tomar conciencia de aquello que creía saber ya: NO ES MI PROBLEMA. Los protagonistas son las parejas, ellas tienen derecho a su propia realidad, a vivir su relación en la forma que estimen oportuno, solucionándola o manteniéndose en un tácito stand-by. Pero yo tengo derecho a la mía. A ser la protagonista de mi propia historia, y no la secundaria perpetua de la de otros. Tal vez esta sea una nueva oportunidad, si no de tomar conciencia, sí de interiorizarla con la fuerza suficiente como para completar mi proceso de individuación y encontrar, después de todo, mi propio espejo.

Velázquez: Venus del espejo


 

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