Perfecto desconocido

 No recuerdo su nombre. Ni su cara. Yo iba demasiado borracha y no coincidimos ni siquiera 24 horas. 

Iba tan borracha que no recuerdo nada hasta que ya estábamos en la cama. En algún momento él dijo algo como "yo podría ser un alumno tuyo". No sé por qué, tal vez hablábamos precisamente de hasta qué punto iba inconsciente. El caso es que esa frase actuó como una ducha de agua fría. De repente no me apetecía enrollarme con él, y la borrachera dejó paso a la conciencia... ¡y al malestar estomacal! 

El pobre desconocido aguantó el chaparrón mejor de lo que lo hubiera hecho un buen amigo. Aguantó las vomitonas y se quedó al lado de mi cama de 90 centímetros hasta que me dormí. No solo eso, al día siguiente se pasó por casa para comprobar que todo iba bien. Hablamos de poesía, me recomendó a Kavafis y descubrí que preparaba oposiciones a justicia, aunque había estudiado alguna otra carrera que no tenía nada que ver con eso.  

Luego escribió un nombre y un número de teléfono fijo (¿o fue solo el teléfono?), antes de marchar, y me dijo que llamase si quería que nos volviésemos a ver, que él no me llamaría. Ese papel me acompañó durante años, y soportó varias mudanzas. De vez en cuando, cada uno o dos años, el papel reaparecía y yo pensaba, al principio "Bueno, ya llamaré"; más adelante "¿y si llamo?" y finalmente "¿Quién usa ya teléfonos fijos?"

Así que, siguiendo ese impulso ancestral que me aleja de lo conveniente, nunca le llamé. Él pensará que no me interesaba, pero aquí estoy, casi un cuarto de siglo después, recordando a aquel chico amable y respetuoso, que seguramente hace muchos muchos años que habrá olvidado la historia de la loca borracha aquella a la que, a pesar de todo, un día quiso volver a ver. 

Edgard Dégas: L'absynthe


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