El problema del amor es que acaba con todo.
Hace un año tenía las claves. Ninguno de ellos habría podido ser mi pareja, por diferentes motivos. Los dos abrían podido ser mis amigos. Buenos amigos.
Hoy no queda nada. No fui capaz de mantener nada.
De un lado, creció el amor, hasta límites que era necesario conocer, pero resquebrajó la confianza. Una pequeña grieta por la que se fueron colando celos, desconfianzas y silencios hasta convertirnos en lo que somos hoy. Ahora todo se va yendo y, curiosamente, añoro más aquella confianza absoluta de los primeros tiempos, aquel decirlo todo, siempre, con las entrañas. Y, sobre todo, aquella calidez de hace un año, aquella amistad que apenas pude vislumbrar porque lo otro, lo destructivo, acabó con todo lo que apenas nacía.
Del otro lado, quedó esa tendencia absurda a seguir por inercia lo que se ha empezado, ese miedo irracional a decepcionar, por encima del miedo a la distancia, la incapacidad de aclarar las cosas. El silencio. Y la procrastinación. Tengo un libro dedicado que no me corresponde, que debería haber devuelto al desconfinarnos, y un teléfono en mi agenda de alquien que ya no está. Otro más.
La noticia de esa muerte, por algún motivo, me ha impactado mucho. Es una injusticia más. No es una persona cercana, apenas un contacto de dos o tres tardes. Una persona buena, generosa y desinteresada. Demasiado sensible para resultar atractivo, pero tan cálido y cercano que a cualquiera le gustaría tenerlo cerca. Pero, más allá de todo eso, supongo que a mí lo que me impacta es lo que pudo haber sido y no fui capaz de mantener.
Comentarios