Saturno o las lealtades familiares
Cuando yo estudiaba, las clases de historia de la filosofía solían comenzar por el mito, que nuestros profesores explicaban como un paso previo al "logos", como una especie de respuesta a la carencia de conocimiento real que el ser humano, en su tendencia natural a explicarse el mundo, suplía con fabulaciones sobre los procesos naturales.
Y es cierto que los mitos antiguos, griegos y romanos, a diferencia de los dioses monoteístas, responden a menudo a motivaciones y circunstancias que, aun hoy, siguen resonando como cercanas y reconocibles.
Indagaba ayer, al hilo de una conversación, en los motivos que habrían llevado a Saturno a una acción tan difícilmente humana como "devorar a sus hijos", y descubrí que había hecho un pacto con su hermano, según el cual este le cedía el poder que por herencia familiar le pertenecía a cambio de no tener hijos.
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| F. de Goya: Saturno devorando a su hijo |
Pero volvamos a la historia de Saturno. Su esposa, que oculta a los recién nacidos, es claramente el factor que intenta liberarlo de esa dependencia familiar, liberación que concreta y hace real su propio hijo, Júpiter, el que realmente llega a hacerse con el poder. Porque el poder, aunque nos venga de atrás, se obtiene cuando, partiendo de esa herencia, conseguimos arrebatarlo afirmándonos como individuos contra ella misma.
Aun liberado, Saturno vuelve a intentar matar a su hijo. Y es que no es nada fácil liberarse así, de un plumazo, del papel que nuestros ancestros nos han otorgado. Pero el verdadero rebelde no puede ser vencido. A él le corresponde la gloria y el poder real, y a Saturno le queda nada más y nada menos que la apacible serenidad de la rendición. Puede parecer que no gana él, pero gana su estirpe. Su futuro vence a su pasado.

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