Expectativas, renuncias, esperanzas

El ser humano es esencialmente dependiente. Todos nuestros anhelos individuales (amor, amistad, salud, reconocimiento, realización personal...) están vinculados, en mayor o menor medida, a algún tipo de relación interpersonal, bien con la sociedad bien con personas concretas. La independencia tiene que reducirse necesariamente a la capacidad para gestionar las relaciones equilibrando las necesidades de unos y otros. 

En el plano de la amistad el tema es relativamente fácil. Llegada una edad, todos sabemos a quién llamar para ir a pasear, para viajar, para acudir a una manifestación o para salir de tapeo... No tienen por qué ser las mismas personas para todo y no vamos a esperar, en general, nada que no estén dispuestos a darnos de forma más o menos voluntaria, porque hemos conectado con ellos precisamente por ese aspecto en común.

Pero hay otro tipo de relaciones en las que una determinada necesidad personal se asocia a una o unas personas en concreto, y no puede ser satisfecha por nadie más. Esas son las más difíciles de gestionar, y en consecuencia nuestra mayor fuente de conflictos.

Discutíamos ayer sobre la pretensión de un amigo nuestro de que sus hijos adolescentes se plieguen a lo que él entiende por vida familiar. Las necesidades de independencia de los chavales chocan, en este caso, con las necesidades de padre de mantener unos espacios de vida en común que no está dispuestos a llenar con su mujer, o con otros familiares, o con los amigos... Porque esa función solo la pueden cubrir los hijos, y sus hijos solo pueden ser esos y ningún otro. Mi amigo no reconoce que eso sea una necesidad suya, y justifica sus exigencias con imperativos pseudomorales del tipo "hay que..." "yo a su edad..." "la familia es..." Otros amigos, incluída otra pareja con hijos mayores, defendíamos que a esas edades es normal que no quieran estar con sus padres,  que ya se les pasará y todo eso. 

Para mí, esa tampoco es la cuestión. La clave es identificar las necesidades y estar dispuesto a diversificarlas lo suficiente como para que cubrir las tuyas no implique sacrificar las de otros.

Con el enamoramiento pasa algo similar. El amor viene a cubrir un espacio que difícilmente podemos imaginar ocupado por una persona diferente, y es por eso que las rupturas son tan dolorosas. Pero no siempre la persona que escogemos puede cubrir nuestras expectativas, y en esos casos también hay que identificar las necesidades y las posibilidades de las dos individualidades en lid, y saber qué tomar y a qué renunciar. Renunciar a esperar que esa persona cubra nuestras expectativas a costa de las suyas. Tomar eso que descubrimos de nosotros mismos a través de ella y vestirnos con ello, confiando en que la vida vuelva a jugar el juego de las compatibilidades.

La entrevista de Luis XIV y Felipe IV en la isla de los Faisanes, de Jacques Laumosnier (1660).


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