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Bolaño o las leyes de la atracción

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Si la mente es adaptativa, la atracción, como todos los procesos mentales, tiene que estar regida por un principio de coste-beneficio. Sin embargo, parece evidente que tanto la atracción como la falta de la misma funcionan a menudo de un modo aparentemente irracional y falto de lógica, y que provoca efectos más negativos que positivos en un porcentaje muy alto de casos. Habría que pensar que los costes y beneficios de este tipo de sentimientos son inconscientes, asociados a creencias asimiladas de modo irreflexivo y automático sin pasar el tamiz del razonamiento lógico o causal. ¿Cómo se explica, por ejemplo, que no nos sintamos atraídos por alguien que parece buena persona, disponible, que muestra interés y con el que compartimos suficientes aficiones o puntos de vista? Los beneficios son evidentes, así que tiene que haber un coste que se nos escapa. Tal vez, unas actitudes físicas (gestos, posturas, formas de relacionarse, miradas, expresiones...) que denotan un estilo relacional poc...

Expectativas, renuncias, esperanzas

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El ser humano es esencialmente dependiente. Todos nuestros anhelos individuales (amor, amistad, salud, reconocimiento, realización personal...) están vinculados, en mayor o menor medida, a algún tipo de relación interpersonal, bien con la sociedad bien con personas concretas. La independencia tiene que reducirse necesariamente a la capacidad para gestionar las relaciones equilibrando las necesidades de unos y otros.  En el plano de la amistad el tema es relativamente fácil. Llegada una edad, todos sabemos a quién llamar para ir a pasear, para viajar, para acudir a una manifestación o para salir de tapeo... No tienen por qué ser las mismas personas para todo y no vamos a esperar, en general, nada que no estén dispuestos a darnos de forma más o menos voluntaria, porque hemos conectado con ellos precisamente por ese aspecto en común. Pero hay otro tipo de relaciones en las que una determinada necesidad personal se asocia a una o unas personas en concreto, y no puede ser satisfecha por...

Primer amor

 Dicen que el primer amor nunca se olvida.  Yo me conformaría con superarlo.  Quedarme con todas las cosas buenas que puedo recoger y hacer con ellas la escalera que me lleve al siguiente piso. O simplemente, poder aparcar los silencios, el rechazo, el rencor, y escribir un poema agradecido y jubiloso. El poema de lo que viví. El poema de los grandes descubrimientos.  Del contacto sincero y confiado del principio. De la complicidad, la amistad y el deseo contenido.  De la pasión y la entrega. De la lucha encarnizada contra la esperanza inútil.  De la intimidad y la ternura. De la música, el cine y la conversación despreocupada. Del sueño ilusorio y adolescente. De todo lo que ahora sé que puedo dar y que, tal vez, puesto que yo puedo darlo, pueda un día llegar a merecerlo.  Verdad o mentira, ya da igual. Porque yo lo viví como real, aunque el tiempo desmintiera tantas cosas.

De protagonistas y secundarios

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En los casos de infidelidad , la protagonista exclusiva es, sin ningún género de dudas, la pareja. La pareja es un espejo, la persona que recoge y devuelve tu identidad más intuitiva, inconsciente, irracional y, por ello mismo, más profunda. El tercero en discordia r ara vez se menciona ; es apenas un agente, un accidente, el detonante que pone a prueba a esa pareja o a esas identidades. Así ha pasado, también, en La isla de las tentaciones, donde su papel ha sido, como en la vida real, subsidiario de las parejas protagonistas. Sí, claro, están ahí por dinero, no hay nada real. Pero probablemente tampoco sean muy reales las historias de las parejas, y sin embargo sí se conforma con ellas un discurso creíble, con motivaciones más o menos personales y más o menos coherentes.  Si en el programa la mayoría de las infidelidades fueron detonantes de la ruptura, eso fue por factores bastante concretos: la edad de los participantes, el hecho de que viniesen con crisis bastante profundas, y...

Expiación: muerte y resurrección

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  BAJO UNA PEQUEÑA ESTRELLA (imitando a Wislawa Szymborska) Salvador Dalí: Cristo de San Juan de la Cruz Que me disculpe la claudicación por llamarla remordimiento. Que me disculpe el remordimiento, si a pesar de mí claudico. Que no se enoje los recuerdos por rechazar su estela. Que me olviden los espectadores que acuden al teatro con sus galas de domingo. Que me disculpe el sol por las ventanas cerradas       en las mañanas de invierno. Que me disculpe las viejas fotos sin filtros por esconderlas       en los cajones del tiempo. Perdonadme , habitantes del desierto, por la exuberancia de la primavera. Perdonadme , soldados vespertinos, por extender la noche y la nieve y el frío. Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco Que me disculpen los que sostienen desde la tierra húmeda el tronco       milenario. Que me disculp en los viejos en los bancos soleados por la juventud ...

Una primavera cualquiera

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 Muchos años después, una noche de verano en el pueblo, me paró en el medio de un pub. Iba muy borracho y su discurso no era muy coherente. "Sabes, en el instituto yo...". "Sí, lo sé, lo supe entonces..." y le dije la verdad. Se quedó estupefacto, quieto como una estatua y sin parpadear. Estaba en pleno proceso de separación. Supongo que se le pasaron por la cabeza esas ideas contradictorias, los momentos duros del presente y los momentos felices con ella, los niños... Todo lo que, probablemente, pudo no tener, para bien y para mal, si yo no hubiese hecho aquella mi pequeña gran primera renuncia. En el instituto, en realidad, apenas habíamos llegado a hablar. Hubo al principio algunos cruces de miradas, de esos con los que una no está muy segura de si son realidades o deseos. Porque él era de los guapos, y yo no. Y los normales, en el instituto, sabemos que los guapos son para soñar con ellos, y que cualquier impresión de mirada o insinuación suele ser un espejismo ...

Perfecto desconocido

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 No recuerdo su nombre. Ni su cara. Yo iba demasiado borracha y no coincidimos ni siquiera 24 horas.  Iba tan borracha que no recuerdo nada hasta que ya estábamos en la cama. En algún momento él dijo algo como "yo podría ser un alumno tuyo". No sé por qué, tal vez hablábamos precisamente de hasta qué punto iba inconsciente. El caso es que esa frase actuó como una ducha de agua fría. De repente no me apetecía enrollarme con él, y la borrachera dejó paso a la conciencia... ¡y al malestar estomacal!  El pobre desconocido aguantó el chaparrón mejor de lo que lo hubiera hecho un buen amigo. Aguantó las vomitonas y se quedó al lado de mi cama de 90 centímetros hasta que me dormí. No solo eso, al día siguiente se pasó por casa para comprobar que todo iba bien. Hablamos de poesía, me recomendó a Kavafis y descubrí que preparaba oposiciones a justicia, aunque había estudiado alguna otra carrera que no tenía nada que ver con eso.   Luego escribió un nombre y un número de ...